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Cara a cara

19 de abril de 2020, 7:22 AM
19 de abril de 2020, 7:22 AM

A partir de este domingo, los bolivianos empezamos a contabilizar la quinta semana de confinamiento por causa del maldito coronavirus que, además de haber alterado en corto tiempo y por completo hasta nuestras más simples formas y rutinas de vida, nos está llevando al convencimiento generalizado de que nada en absoluto volverá a ser igual que antes. Eso, cuando se levante la emergencia sanitaria y el contagio en masa deje de constituir una amenaza latente para nuestra existencia que había sido mucho más frágil y vulnerable de lo que pensábamos.

 La cuarentena se mantiene inalterable. Hay que hacerse la idea de que lo más probable es que siga estirándose. Expertos en epidemiología consideran que, como región y como país, no estamos preparados para que esa resistida medida sea flexibilizada. Menos aun con lo escasamente disponible en infraestructura, equipos, medicamentos, personal médico y recursos económicos que no permite atender necesidades y requerimientos que llueven de todos lados mientras la poderosa infección avanza como gangrena en el mundo.

Otro escenario de dificultades tiene que ver con el flujo creciente de compatriotas residentes en el exterior o de viajeros ocasionales cuyo retorno, en cada caso, la pandemia ha forzado o entorpecido. Unos ciudadanos están varados en límites fronterizos con países vecinos, otros a mucha mayor distancia. Todos ellos sufren penurias sin los medios suficientes para su mantenimiento y su vuelta a casa lo más antes posible. Todos al mismo tiempo, no puede ser. Los albergues habilitados en frontera están abarrotados, los vuelos están suspendidos y para el ingreso a territorio nacional deben observarse rigurosamente protocolos de bioseguridad para que el Covid 19 no termine desbordándose en Bolivia con efectos mucho más graves que los ya conocidos.