Opinión

CARA A CARA

21 de junio de 2020, 8:01 AM
21 de junio de 2020, 8:01 AM

Por una serie de señales tan evidentes como inquietantes, Bolivia parece estar muy cerca de atravesar una ‘tormenta perfecta’. Se describe como el evento en el que una extraña confluencia de circunstancias, agrava dramáticamente una situación determinada. A seguir, el goteo persistente tras los nubarrones de la ‘tormenta’. Misicuni es la represa más grande de Bolivia. Almacena más de 115 millones de M3 de agua para consumo humano, generación de energía y riego agrícola para Cochabamba. Allí acaba de registrarse un llamativo incidente entre un grupo de comunarios y efectivos de las FFAA enviados estos a custodiar la costosa y estratégica represa ante eventuales dinamitazos como los perpetrados contra antenas de telecomunicaciones, señalados de oficio como parte de una estrategia desestabilizadora contra el gobierno de Jeanine Áñez. Los militares fueron interpelados y obligados a retirarse por los lugareños porque no habían ‘comunicado’ su presencia en Misicuni a autoridades y dirigentes de la comunidad.

 Casi al mismo tiempo, en un distrito de la ciudad de El Alto, se produjo un violento ataque que dejó a once funcionarios municipales heridos y destrozos en siete vehículos en los que se transportaban. Debían controlar el encapsulamiento dispuesto en la zona para frenar el avance del Covid-19, cuando se encontraron con una concurrida feria popular, sin que los ‘feriantes’ repararan mínimamente en los peligros para su propia salud, la de los suyos y la de sus vecinos. La agresión, como preparada de antemano, se consumó apenas arribó la caravana municipal. No hace mucho, en la localidad de Entre Ríos, en el trópico cochabambino donde hizo su feudo el exmandatario prófugo y murió el alcalde contagiado por su incredulidad, el equipo de una red televisiva y una periodista de EL DEBER fueron agredidos por una turba que incluso amenazó con quemarlos vivos. Fueron acusados de ser ‘de la derecha’ cuando cubrían el inicio de tareas relacionadas con la lucha contra la mortal pandemia. La Policía los rescató oportunamente. En Caravani, en el departamento de La Paz, otros comunicadores fueron atacados junto al subgobernador de esa localidad cuando realizaban una inspección. Por último, en San Juan de Yapacaní, al norte de Santa Cruz, efectivos policiales fueron expulsados, por cuarta vez en el último tiempo, por una gavilla de revoltosos que parece tener sometida bajo violencia sistemática al grueso de la población.

Es necesario el recuento de estos hechos que son de data reciente. Queda claro que no se trata de sucesos de generación espontánea o casual. Es perceptible un súbito crecimiento de la violencia urbana y rural principalmente en las ciudades del eje troncal. No se quedan atrás las amenazas de convulsionar el territorio nacional, como las formuladas abiertamente por mineros, la COB, las ‘bartolinas’ y otras organizaciones de filiación muy conocida que exigen la realización ‘sí o sí’ de las elecciones generales el 6 de septiembre. Cuesta mucho creer que ignoren o que les importe un rábano que el coronavirus pudiera alcanzar los peores picos en días cercanos a ese acto democrático, con innegables limitaciones e impedimentos a sus participantes. Más parece una actitud irracional y perversa alimentada por el afán de jaquear de cualquier modo a un gobierno pasmado por la suma creciente de graves y complejos problemas que han desbordado sus mayores esfuerzos por contenerlos.

Sin que nadie conscientemente pudiera estar en desacuerdo con una cita electoral libre, justa y transparente cuando sea posible para mantener a Bolivia en el cauce democrático, forzar su realización aunque represente un muy grave riesgo para la salud de los bolivianos, es una insensatez inadmisible. Lo es cuando en medio de una emergencia sanitaria cada vez más perturbadora e imprevisible, alcanza incluso a un árbitro electoral aferrado a argumentos rebatibles y a fríos tecnicismos, mientras inefables candidatos hallan propicia la oportunidad de lanzar el anzuelo en aguas revueltas. Como obstinadamente se pretende llevarlas a cabo de cualquier modo, las elecciones de septiembre no van a terminar como por arte de magia con la infección ni con el hambre ni otras urgencias de la gente en el país. Pero es bastante probable que el despropósito de su realización en condiciones no apropiadas, incremente exponencialmente el número de contagiados y muertos por el implacable virus de la insensibilidad y de la irresponsabilidad.


Tags