Opinión

cara a cara

16 de abril de 2021, 5:00 AM
16 de abril de 2021, 5:00 AM

_Han transcurrido cinco meses y una semana desde que Luis Arce Catacora asumiera formalmente como presidente de Bolivia el 8 de noviembre de 2020. Tiempo muy escaso para abrir juicios de valor sobre el desempeño de su gobierno. Más complicada todavía resulta la evaluación entre una grave emergencia sanitaria por el coronavirus y una prolongada crisis económica que se siente en el estómago y en los bolsillos de los bolivianos que, no obstante, esperan al menos una señal del derrotero a seguir para vencer su incertidumbre y alimentar su esperanza.

_Pero no obstante el corto tránsito de Arce Catacora ejercitando el poder, su gestión parece acusar los efectos de prematuro desgaste. En vez de estar apenas comenzándola, es como si la estuviera terminando cuando le queda casi un lustro de mandato por delante. Es perceptible como causa posible del deterioro, una línea de confrontación públicamente acentuada en la reciente campaña electoral con resultados negativos para el oficialismo que perdió las cuatro gobernaciones que buscaba afanosamente. Últimamente, los ‘vuelos fantasmas’ en Chimoré y la caída por corrupto del ahora exministro Characayo también empañaron la imagen del Gobierno masista.

_Las cosas pueden cambiar. Si Arce toma distancia de poco recomendables compañías, si cumple su compromiso de gobernar “para todos y para todas”, si une en vez de dividir, si cierra heridas en vez de abrirlas. Si verdaderamente toma en cuenta que los bolivianos, hartos de tensiones y conflictos, quieren vivir en paz, la dura tarea de gobernar se le hará más llevadera.



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