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OPINIÓN

Cara a Cara

Monica Salvatierra 18/1/2022 05:00

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Mientras el planeta se ocupa de las nuevas olas de coronavirus en el mundo, hay otra pandemia silenciosa: la depresión y todas sus manifestaciones. Este tiempo tan extraño e inesperado logró cambiar la vida de toda la humanidad. El confinamiento dejó sin empleo a millones de personas que, aparte de perder los ingresos que tenían, perdieron algo fundamental en sus vidas y se vieron obligadas a reinventarse, muchas de las veces sin éxito. Los niños y los jóvenes dejaron de interactuar en persona y tuvieron que acomodarse a la soledad de sus habitaciones y a la ventana de sus dispositivos electrónicos como único contacto con la realidad.

Los problemas de salud mental marcan un duro momento para todos. Hay quienes son más resilientes y logran adaptar su vida a esta ‘nueva normalidad’; hay otros (que son millones) que padecen insomnio, que se encuentran a solas con ganas de llorar o que han perdido las ganas de seguir adelante. Muchos más siguen intentando encontrarse en los emprendimientos personales, como salida al desempleo. Pocos son los que reconocen por qué se sienten como se sienten.

Ante esta realidad es necesario que los planes de educación tomen en cuenta que los alumnos no son los mismos y que precisan de otro tipo de atención, más cálida y más humana. En las oficinas también se necesita más diálogo y empatía con los colegas de trabajo. Ni qué decir en la familia, donde -ahora más que nunca- hace falta la conversación y el abrazo. Nadie nos metió en este entuerto, pero está claro que para salir nos necesitamos unos a otros.

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