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Cara a Cara

1 de febrero de 2022, 4:00 AM
1 de febrero de 2022, 4:00 AM

En Bolivia a nadie le interesa el trabajador. El Gobierno tiene discursos exitistas, pero solo le importa saber que alguien tiene trabajo, sin detenerse a verificar la calidad de éste. Frente al desempleo, un tercio de los bolivianos (por lo menos, porque no hay estudios sobre la informalidad) se dedica al comercio o a la prestación de servicios. ¿Qué significa? Que muchos de los que fueron despedidos en la pandemia, venden lo que pueden: ropa, alimentos, etc. u ofrecen todo tipo de servicios. Harto conocidas son las historias de profesionales que se ganan la vida manejando un taxi o preparando churrascos y otras comidas.

Mientras el trabajador sufre porque lo que gana no le alcanza, los dirigentes sindicales protegen a su máximo dirigente que gana Bs 30.000 sin trabajar o apoyan políticamente al gobierno, sin revisar si sus políticas favorecen o no a la mayoría de los bolivianos. Mientras reina la informalidad de la economía, el Gobierno rechaza los estudios de organizaciones independientes y descalifica a quienes plantean mejorar las condiciones del empleo. A su vez, a los empresarios privados les agobian los números de sus empresas y, cuando piensan en reducir costos, optan por las bajas de sueldo o las reestructuraciones.

Los más afectados por la falta de empleos dignos son los jóvenes y las mujeres. Los primeros engrosan el grupo de los ‘nini’: que ni trabajan ni estudian. Las segundas son emprendedoras porque así pueden generar sus propios ingresos. En la formalidad, a los más jóvenes y a las mujeres les pagan poco frente a lo que se paga a los hombres adultos en iguales funciones.

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