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Cara a Cara

8 de febrero de 2022, 4:00 AM
8 de febrero de 2022, 4:00 AM

Siete millones de dólares al agua. Eso costó el museo en honor a Evo Morales, que se construyó en su natal Orinoca, un poblado de alrededor de mil habitantes, que está a unas cuantas horas de Oruro. Es una mole de cemento que sirvió para agrandar el ego de un presidente, que, viendo abundancia, no dudó en despilfarrarla en obras absurdas y ahora inservibles. $us 7 millones que podían haber servido para construir escuelas, comprar respiradores y para tantas cosas más que tienen que ver con las necesidades reales de los bolivianos. El museo de Orinoca ahora está cerrado. Nadie quiere hacerse cargo de él. El Ministerio de Culturas lo pasó a la Gobernación de Oruro y esta a la Alcaldía de Santiago de Andamarca. Los visitantes disminuyeron hasta 2020. Será mejor que permanezca sin abrir y hay que debatir si se le puede dar un mejor uso a la infraestructura allí construida.

Volvieron a clases presenciales. Varios colegios privados tomaron la decisión con medidas de bioseguridad. Es lógico y coherente, en medio de las definiciones que están tomando las autoridades. Muchas personas se preguntan: ¿por qué Carnaval sí y clases no? Será preciso que la sensatez vuelva a la mente de quienes gobiernan y que no se olviden de que la virtualidad escolar trae más perjuicios que beneficios. Además, ya está bueno de pretender que la realidad es como los discursos. Se ofrecieron salas de cómputo para los alumnos que no tienen internet en la casa y resulta que, la primera semana de la gestión educativa, hubo una gran frustración porque no alcanzó el ancho de banda ni funcionaron los mentados equipos.

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