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Cara a Cara

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3 de julio de 2022, 4:00 AM
3 de julio de 2022, 4:00 AM

Una espiral de violencia y muerte envuelve al país. A la ejecución brutal de dos policías y de un joven voluntario del Gacip en el municipio de Porongo se ha sumado la de tres hombres en Ivirgarzama, en el trópico de Cochabamba. Sus cuerpos fueron encontrados a bordo de una vagoneta abandonada; dos con impactos de bala y un tercero con un profundo corte en el cuello. El vehículo fue rociado con combustible. Quienes lo hicieron pretendían quemarlo y que se consumiera en llamas.

 Ambos casos estremecedores se dieron en apenas un par de semanas. Seis muertos a manos de asesinos despiadados. De delincuentes avezados a los que es posible asociar con el crimen organizado definido como “una organización compuesta por un grupo de personas con determinadas jerarquías, roles y funciones, cuyo principal objetivo es la obtención de beneficios materiales o económicos mediante la comisión de delitos”. La permisividad, la corrupción y la impunidad son caldo de cultivo para el desarrollo y expansión de aquella actividad ilícita que en Bolivia está mostrando una musculatura fortalecida.

Coinciden ambos episodios que han estremecido y le quitan el sueño a los bolivianos, con la extrema debilidad que acusa la Policía nacional con su institucionalidad socavada por el gérmen de la corrupción. Sometida, además, al manoseo del poder político que impide implementar una reforma integral que posibilite al verde olivo erradicar de raíz las malas prácticas, restaurar su imagen y recuperar la confianza ciudadana. A ver si lo consigue con un ‘oxigenado’ nuevo mando.

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