Opinión

OPINIÓN

Cara a Cara

16 de agosto de 2022, 4:00 AM
16 de agosto de 2022, 4:00 AM

La agenda está tomada por el tire y afloje sobre la fecha del censo. El asunto se debate en mesas ‘técnicas’, en las que ganan las posturas políticas, los cálculos estratégicos. Muy lejos, a kilómetros de distancia está la realidad de las familias que habitan precarias viviendas, hechas a base de calaminas, cartones y cuanto material sea posible conseguir para fingir que tienen paredes. En esos lares está la verdad de los bolivianos que no cuentan para el país, aquellos que están en la pobreza extrema y que ni siquiera tienen dinero para el micro que los conduzca a un centro de salud en el que los harán esperar porque apenas hay un médico para más de 30 personas por turno. Ahí, muy lejos están los bolivianos cuyos hijos no saben de aulas reales o virtuales porque salen a trabajar desde muy temprana edad; ellos sueñan con tener un oficio o una profesión, pero lo ven utópico porque en las escuelas de su zona no hay maestros y son los padres (los que pueden) los que sacan unos pesos del bolsillo para pagar sueldo a los docentes y hasta para comprar las sillas en las que se sentarán sus hijos.

La realidad del boliviano está lejos, tan lejos que es desconocida por los que deciden su suerte. Para ellos, llevar el censo a 2024 no es problema. Mientras puedan seguir hablando de la “isla que es Bolivia” será mejor. Un censo puede sacar el velo y eso sería contraproducente para los discursos que se pronuncian desde las ‘mesas’ y desde los ‘palacios’.

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