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Cara a Cara

23 de agosto de 2022, 4:00 AM
23 de agosto de 2022, 4:00 AM

La violencia de los cárteles de la droga tiene a Tijuana sumergida en un infierno. Las muertes cotidianas ya no conmueven tanto como los cercos que ponen estas mafias en la ciudad, al extremo de imponer toques de queda de facto, que la población debe acatar sin chistar. De pronto, los disparos y las agresiones se volvieron tan habituales que la alcaldesa de la ciudad, en un discurso, pidió que las cuentas se ajusten entre quienes se las deben, pero que dejen en paz a la sociedad civil. Su posición mereció muchas críticas.

 El problema es la normalización de los ajustes de cuentas y de las batallas campales entre grupos mafiosos o de estos con la Policía y los militares. La violencia es un problema de larga data en esta ciudad, ubicada en la frontera mexicana con Estados Unidos. Y me refiero a este asunto, porque de tanto en tanto hay crímenes a mansalva en Bolivia, ejecutados por sicarios que rara vez son capturados.

 Hay otros datos preocupantes que hay que mirar con atención. La colusión entre malos policías y narcotraficantes. Son muchas las noticias que salen al respecto en el país. Testimonios y hechos que sorprenden, como que el policía investigador ahora está acusado por el asesinato a sus camaradas, entre otros. El problema es que después pasa la novedad y nada cambia, hasta el siguiente escándalo. Lo peor que puede ocurrir es que en Bolivia también se normalicen estos hechos y que los ciudadanos nos hagamos cuerudos. Cuando eso pase, ya será demasiado tarde.

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