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Cara a Cara

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18 de diciembre de 2022, 7:00 AM
18 de diciembre de 2022, 7:00 AM

Amir Nasr-Azadani es un futbolista profesional iraní. A sus 24 años, lo espera la horca. Tras un juicio sin garantías, la dictadura islámica decidió condenarlo a muerte y su ejecución será pública para escarnio mayor. ¿Qué delito cometió? Uno llamado ‘moharebeh’ que significa “odio contra Dios”. Pero lo único que hizo Amir fue sumarse a las protestas por los derechos de las mujeres iraníes y las libertades básicas. Unas protestas que se encendieron en septiembre pasado cuando Mahsa Amini (22) murió tras ser arrestada por la ya disuelta ‘Policía de la moral’ por no llevar adecuadamente el velo cubriendo su cabeza y el pecho.

La represión en Irán se ha cobrado, desde entonces, más de 400 muertes a manos de las implacables fuerzas de seguridad. Antes del partido con Inglaterra, los jugadores de Irán se rehusaron a cantar el himno patrio en protesta contra la violencia. Poco después, desde su país, recibieron una advertencia perturbadora: Si ellos “no se comportaban”, sus familiares serían torturados y encarcelados por el régimen despiadado.

La pasión desbordada por la final entre Argentina y Francia a disputarse hoy en Qatar, no debería ignorar ni sepultar el drama de Amir. Privado de su libertad, siente agotarse el tiempo de su existencia terrenal. Si la FIFA no lo hace, los finalistas de la Copa del Mundo a la cabeza de sus estrellas Messi y Mbappé, -antes de que la pelota empiece a rodar-, deberían asumir un gesto solidario con él y una protesta que hasta podría cambiar su suerte. Ojalá así sea. El impacto, a escala mundial, será único.

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