23 de mayo de 2023, 4:00 AM
23 de mayo de 2023, 4:00 AM

El narcotráfico viene mostrando sus largos tentáculos en el país desde hace décadas. Si hiciéramos una analogía de esta actividad ilícita con una actividad empresarial común y corriente, los narcos marketearían esa su “tradición” con la frase: “Narcotraficantes desde 1970”, por ejemplo. Con tantos años en el mercado, cuesta creer que en Bolivia todavía no haya cárteles ni grandes capos de la droga, como aseguran una y otra vez las autoridades de turno. “Sólo hay emisarios”, suelen decir. En jerga empresarial, el emisario vendría a ser una suerte de mensajero, aquel jovencito que lleva correspondencia de aquí para allá y que no tiene ningún poder de decisión. Entonces, si no es el emisario el que ordena los secuestros, los ajustes de cuentas, los envíos de cientos de kilos de cocaína al exterior, ¿quiénes lo hacen?

 Las estadísticas dicen mucho. Yo diría que un número vale más que mil palabras. Así que, si el informe oficial da cuenta de que sólo en Chapare se eliminaron de un tirón 27 fábricas de pasta base de cocaína, se puede inferir que los tentáculos del narcotráfico tienen un nefasto alcance en toda la geografía nacional. En realidad, cada golpe asestado a esta lacra devela cifras enormes que, extrapoladas, hablan de un negocio tristemente próspero. Próspero para algún emisario o para algún pez gordo nacional, a quien, por curiosas razones, todavía no se lo considera un capo o un mafioso internacional. Porque el negocio no es nada beneficioso para muchas familias bolivianas, como la de aquella señora aprehendida que secuestró y asesinó a su sobrina por una deuda. Los del final de la cadena siguen pagando el pato.

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