6 de junio de 2023, 4:00 AM
6 de junio de 2023, 4:00 AM

El ministro Lima sacó la calculadora para medir la eficiencia de la Asamblea Legislativa: tomó el costo anual de mantenerla y lo dividió entre las escasas 16 leyes que se aprobaron, lo que da un promedio de $us 2,2 millones por ley. O sea, un cojonal de plata para tan pobre resultado. Bajo esta lógica, uno podría explayarse midiendo la performance de nuestros asambleístas. Quizá el costo baja a la módica suma de 10 centavos de dólar por cada palabra (o palabrota) pronunciada en la Asamblea. O puede subir a niveles astronómicos si sólo tomamos en cuenta las leyes que verdaderamente afectan la vida de quienes votaron por ellos, porque cualquier número dividido entre casi cero, da infinito.

 Los poderes legislativos de todas las épocas han tenido ciertas similitudes. Siempre ha habido buenos senadores y diputados, pero todos en conjunto han priorizado la dominancia partidaria sobre el debate sustancioso y democrático. El rodillo del MNR, el rodillo de las megacoaliciones y ahora el rodillo masista, son ejemplos de esa dinámica.

Una debilidad de este poder del Estado es la ausencia de una rendición de cuentas ante el electorado. Hemos votado por ellos, pero ya ni siquiera nos acordamos del nombre de nuestro diputado uninominal. Ellos tampoco se acuerdan de nosotros, salvo cuando se acercan las elecciones y vuelven a sus circunscripciones a ofrecer alguna dádiva a cambio del voto. Hay una crisis de representatividad: los ciudadanos no conocen la labor de sus representantes, y éstos tampoco pueden hacer carrera política en medio del anonimato. Con razón cuesta tanto que emerjan nuevos líderes en reemplazo de los caudillos de siempre.

Tags