Si la ventura no nos abandona del todo y siguen cayendo las lluvias como bendición sobre la tierra caliente y reseca, es probable que los cruceños dejemos de respirar humo y volvamos gradualmente a la normalidad. Y que también recuperemos el cielo “más puro de América” al que cantamos, a todo pulmón, en nuestro himno. En comparación a la humareda insoportable de los días precedentes, los indicadores que miden la calidad del aire han mejorado un poco.
Sin desestimar la acción esforzada de cuerpos de bomberos y voluntarios con precarios recursos,fueron de gran ayuda las precipitaciones pluviales que mitigaron y/o apagaron los incendios forestales desatados en zonas aledañas. Desde allí, los vientos depositaban humo y hasta cenizas sobre la capital cruceña que mostraba, como nunca antes, un aspecto sombrío: El de una urbe devastada por un cataclismo medioambiental.
El que ha golpeado a Santa Cruz este año puede ser registrado como el mayor desastre natural de su historia. El detonante fue una prolongada y extensa sequía, en coincidencia con la temporada de quemas en áreas rurales, a la par del avasallamiento de parques y áreas (des)protegidas que depredadores impunes invaden y destruyen. Tendrían que haberse encendido las alertas tempranas. Pero no fue así y se perdió tiempo precioso. Por eso, la primera chispa en el bosque seco bastó para que el fuego se propagara, veloz e incontenible, arrasando la vasta y diversa flora y fauna regional. Que lo tristemente ocurrido no vuelva a repetirse más adelante. Estamos todos avisados.