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12 de diciembre de 2023, 3:00 AM
12 de diciembre de 2023, 3:00 AM

De repente me di cuenta de que ya se acerca la Navidad. Es que no se la siente en el ambiente. Difícil pensar en arbolitos de climas nórdicos y papanoeles cuando el calor y la humedad derriten hasta las ideas. Tampoco acude a la mente la imagen del nacimiento del Niño Dios cuando nuestros pensamientos están dominados por la guerra en tierras sagradas y por los conflictos de aquí y más allá. Pensé que era solo yo –absorto en mi día a día– quien no se ha puesto las pilas para entrar en sintonía con esta celebración de paz y amor. Pero no. Somos casi todos. Ayer revisé las noticias en varios medios de comunicación, y ni una sola sobre la Navidad. Incluso hasta la vorágine comercial suele ponernos en modo villancicos. Pero nada. Más movimiento económico están generando los flamantes bachilleres –con sus obsequios y fiestas– que los ayudantes de Santa Claus.

A falta de ese tan necesario espíritu navideño, tuve la oportunidad de alegrar el alma cuando compartí con gente muy querida que no veía desde cuando ellos eran niños. Ahora mayores, ellos ya tienen hijos, y una hija salió bachiller y yo fui su padrino. Asistí a su ceremonia de graduación en su colegio ubicado en un barrio populoso. Lindo ver a tantos jóvenes de toga y birrete, junto a sus familiares más cercanos, que vestían sus mejores galas. Todos felices, aunque sudando la gota gorda por el solazo de las 4 de la tarde que se filtraba en el coliseo. Después, una cena sencilla en casa de la familia. Fluyeron las historias y nos asombramos de las cosas increíbles que suceden a lo largo de nuestras vidas. Estos reencuentros son los mejores regalos que se pueden recibir.  

 

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