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Está en Girona de vacaciones, pero su cabeza sigue activa. Desde allí, el investigador en educación Carlos Magro aconseja repensar el sistema de las escuelas del mundo entero, porque - al parecer- ni los maestros ni los estudiantes ni los gobiernos estaban preparados para enseñar en medio de una pandemia tan grave como la actual. Esa es una alerta que debe atenderse. Y pronto.

La tecnología

Si de algo sirvió esta crisis sanitaria es, precisamente, devolverle el valor a las escuelas como un lugar específico del hogar adonde ‘vamos a educarnos’. Eso es lo que cree firmemente Magro. “La escuela es un lugar de igualdad. Ahí dejamos de ser hijos de... para transformarnos en estudiantes. Es un lugar que compensa las desigualdades sociales con las que lidiamos desde que venimos a este mundo”, encierra.

Pero, Carlos va más allá. Cree que recién el ser humano se dio cuenta de que había sido difícil escolarizar los hogares y que la labor de los maestros realmente es indispensable. Para él, el sistema educativo está golpeado y hay que darle otra tónica en esta ‘nueva realidad’.

Eso significa que, si antes se discutía sobre incorporar la tecnología a la educación, ahora el debate giró. “De pronto los ocho millones de estudiantes de España se fueron a sus casas y no tenían ni tantos dispositivos ni tanta conectividad ni tanta pedagogía digital. Y los docentes no sabían usar la tecnología como sucedió en Colombia, Argentina, Bolivia o Francia”, puntualiza.

Resulta que -señala- la discusión se centra en qué tipo de tecnología se usará para enseñar y para qué usar ese tipo de tecnología. “Cuando hago estas preguntas me estoy preguntando ¿para qué quiero educar?, y cuando respondo, entonces empiezo a tener caminos para transitar. Y ahí necesitaré tecnología, pedagogía y un currículo específico”.

Y lanza: “Enseñar con tecnología es usar la tecnología como un medio educativo, pero educar en tecnología es entender la tecnología como contexto en el que estamos viviendo. Es problematizar de alguna manera la tecnología”. Porque, para Magro, la tecnología está lejos de ser algo neutral, está cargada de biología y a veces va acompañada con cosas malas y buenas.

El caso boliviano

Carlos aclara que no conoce muy bien los motivos del cierre del año escolar en Bolivia, pero subraya que “un cierre brusco puede generar problemas en sociedades desiguales”. Ese ‘parón’ -como él lo llama- tendrá efectos peores en aquellos círculos sociales con menos recursos que en los ricos, porque los más favorecidos encontrarán la forma de complementar el rol de la escuela en los estudiantes.

Magro es sincero. Cree que el Gobierno tiene una gran responsabilidad con la educación, pero completa diciendo que no tiene que entrometerse en los ‘detalles’. “Apuesto por políticas públicas que respeten los procesos educativos, que no hagan trampa, que todos jueguen con las mismas cartas. Cuando se garantiza eso, creo que hay que crear espacios de libertad en los que se pueda tener diversidad de docentes, cursos y materiales. No nos interesa una sociedad homogénea, sino una heterogénea, que sea capaz de entender la realidad”, explica.

Cambiar de chip

Carlos aconseja potenciar a aquellos profesores que pareciera que ya deberían jubilarse. En ellos está la riqueza del conocimiento. Piensa que se los debe ayudar con la tecnología. “Hay que ponerles un ayudante o crear parejas de docentes. Uno enseñará con la tecnología y otro, con la experiencia”, apunta.

Considera que la educación participativa es aquella que marca la diferencia. Se la debe entender como una ‘educación integral por competencias’. Y si toca pensar en un futuro, este madrileño asegura que la educación dictada únicamente por un robot no será posible. “Es una distopía. No se puede deshumanizar la educación”, asevera. Y lo que tampoco no se puede hacer es continuar con aquellos contenidos largos. Se debe repensar la educación. Es lo que subraya. Y también adecuar el currículo base pensando en qué realmente es necesario y útil.

Hay una brecha digital, reconoce. Ahora solo queda trabajar para reducirla. Para ello, hay que trabajar en una reingeniería del sistema educativo, que debe contar con la tecnología como actor fundamental, pero también con aquellos aspectos sociales y culturales.

Acerca de él

Presidente de la Asociación de Educación Abierta. Trabaja como consultor independiente en educación. Colaborador permanente en el Departamento de Diseño, Innovación y Tecnología Educativa de la Universidad Camilo José Cela. Miembro del consejo asesor de Cuadernos de Pedagogía y miembro del grupo de investigación Conocimiento Abierto para la Acción Social CAAS (Universidad de Granada). 

Ha sido director académico del Instituto Europeo di Design (IED España), director de Innovación y director de Comunicación, Marketing y Proyección Institucional de EOI (Escuela de Organización Industrial) y director de la Oficina de Información Científica de la Fundación mi+d en la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid. 

Licenciado en Ciencias Físicas de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y en Geografía e Historia por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), además de MBA por EOI (Escuela de Organización Industrial).