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25 de noviembre de 2022, 4:00 AM
25 de noviembre de 2022, 4:00 AM

Por Julián Torres Roa

Han pasado 4 años desde que llegué a Santa Cruz. Y más allá de la bienvenida de los cruceños, llenos de sopas de maní, con achachairuses y un nuevo diccionario de palabras de la región, me parece que he vivido una vida entera por todo lo que ha pasado desde entonces.

La primera. Fui testigo de una de las pocas protestas -casi únicas en el mundo y sin duda en Latinoamérica- en las que, sin efectuar un disparo, lograron hacer renunciar a un presidente que se estaba acostumbrando al poder con su particular democracia personal.

La segunda. Una pandemia que se sintió eterna tanto en el mundo como en la ciudad, y en la que vi como la sociedad se organizó de manera solidaria para sobrellevar las penurias sin la necesidad de que alguien estuviese detrás recordándoles que hay que ser buenos ciudadanos para salir vivos de ese lío.

Y la tercera. He vuelto a ver a la misma ciudad levantarse y protestar con sus pitas, tamboritas y lo que ellos llaman ollas comunes, exigiendo a los que gobiernan desde lo alto que se cumpla un derecho, entre muchos derechos que están en deuda por cumplir.

Saber cuántos son. A lo que muchos le han llamado tozudez, yo, con la E de extranjero en mi documento de identidad, lo observo con fascinación. Y es que el amor de los cruceños -tanto nacidos como por adopción- que le tienen a su tierra es algo que solamente he logrado sentir por mi Colombia querida.

Ese sentimiento es algo que no comprendo. Me faltan muchos libros por leer y mucha historia que escarbar para entender la historia de Bolivia y a esa Santa Cruz que me levanto y veo desde hace tantos días de paro cívico.

Son esos 4 años que llevo acá los que me han permitido ver varias cosas sin la necesidad que nadie me las cuente. Como la existencia de una Bolivia del occidente, una Bolivia del Oriente y otra Bolivia más. Pero la otra Bolivia es más bien diferente.

En lo personal, no pienso emigrar de acá porque he encontrado mi terruño en el que convivo con mi familia. Pero si algún día me voy, tengan por seguro que hablaré de estos 4 años. De lo que vi hacer a los cruceños y de lo que me enseñaron. Que pese a todo, siempre se puede.

Dejo hasta acá estas palabras, porque desde la cocina huele a majau y es hora de almorzar.

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