20 de octubre de 2022, 4:00 AM
20 de octubre de 2022, 4:00 AM


Si no se produce un milagro, de esos milagros que a veces suceden en Bolivia y cuando es necesaria la presencia de la Iglesia para que suceda, pasado mañana estaremos en el departamento de Santa Cruz transitando por el paro indefinido que ha sido aclamado por un cabildo. La característica de este paro, que sucede porque el Gobierno no desea realizar el Censo de Población y Vivienda que debió hacer este año, es que en el paro estará ausente el presidente del Comité Cívico, Rómulo Calvo; algo inconcebible. Y Calvo estará alejado porque guarda detención domiciliaria permanente con guardia a la vista, por estupideces que parecen cuchufletas, y que no son sino parte de una evidente venganza.

Así como Calvo está encerrado en su domicilio, sin siquiera el derecho a trabajar, el gobernador de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, está siendo acosado por la justicia masista, obligado a presentarse a declarar en la Fiscalía con la frecuencia suficiente como para perturbarle la vida. Ya sabemos que se le acusa de ser autor de un golpe de Estado que no existió, cuando la cobarde huida de Evo Morales, ante la bronca de un pueblo estafado por unas elecciones fraudulentas, y, en esencia, porque el propio Morales es un fraude.

Santa Cruz va al paro indefinido el próximo sábado (escribo el martes 17) en reclamo del censo, naturalmente, pero molesta por la actitud despreciativa y soberbia de los gobernantes de turno. A los cruceños no les gustan los paros porque prefieren el trabajo. Pero los paros han cundido en nuestro departamento como una peste, justamente contagiada por las marchas, paros y bloqueos que impuso Evo Morales, aun antes de acceder al mando de la nación, cuando, como dirigente cocalero, bloqueó durante semanas la carretera de Santa Cruz a Cochabamba, produciendo un daño económico terrible al país.

Los paros que se hicieron en nuestra ciudad fueron determinados por cabildos, lo que es legal y legítimo. No como ahora sucede en todo el territorio nacional cuando La Paz tiene marchas y bloqueos diarios. O como vemos la carretera interoceánica que debía ser el tránsito de la soya brasileña al Pacífico, que se bloquea en Pailón o donde sea, por el reclamo incumplido de una escuelita, la falta de una posta sanitaria o la violación a una mujer. 

Es obvio que los productores brasileños optaron por no pasar a través de Bolivia y nos quedamos con nuestra moderna y costosa estrada desierta. El bloqueo en la carretera a Argentina nos paraliza también y el motivo puede ser desde la falta de lluvias hasta el reclamo porque una vaca fue atropellada por un camión y su dueño pide resarcimiento del daño. 

Bolivia es la nación de los paros y los bloqueos, y por eso antes de ser la “tierra de contactos” que anhelaban nuestros viejos diplomáticos, hoy es la tierra a evitar a cualquier costo. Eso lo sufrimos los cruceños, pero ya estamos infectados y no sabemos cómo curarnos del mal.

No nos gusta el paro, cuyo siguiente paso es el bloqueo. Pero tampoco nos gusta el engaño. Y como el Gobierno no cumplió con realizar el censo este año, ni quiere hacerlo el próximo, y ya no se cree que piense hacerlo más, no ha quedado otro camino que el impuesto por el cabildo. 

Está claro que el centralismo no quiere la coparticipación tributaria de los recursos económicos, ni equidad en los escaños parlamentarios. No quiere tocar el padrón electoral porque se le acaba el fraude. Tampoco quiere que se sepa que Bolivia es una nación mestiza, porque se termina el cuento falso pero que les conviene del país indio. Entonces, ¿cómo creerles en su buena fe?

Que el paro sea pacífico es el deseo de todos y si se llega a un acuerdo, mejor. Pero hay que insistir también en que ya no se puede soportar las persecuciones políticas, los encarcelamientos y las abusivas retenciones preventivas.

Que no persigan a los líderes cruceños, pero que dejen en libertad a personas inocentes como la tan maltratada expresidente Jeanine Añez, como al cívico potosino, Marco Pumari, y, lo que colma toda medida de inhumanidad, a la exalcaldesa de El Alto Soledad Chapetón, madre reciente, presa del odio masista. Lo anterior, sumado a más de veinte militares y no se sabe cuántos exministros y políticos, que esperan en sus celdas el día en que la justicia masista les diga cuál ha sido su culpa.

“No queremos paro, queremos censo”, ha repetido constantemente el periodista Carlos Valverde. A ver si en las horas que quedan por delante asoma alguna solución.

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