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5 de enero de 2024, 3:00 AM
5 de enero de 2024, 3:00 AM

 ¡Qué triste empezar el año con la sangre de tantos niños sacrificados en Gaza y Cisjordania! No hubo tregua ni por las celebraciones del Nacimiento del Niño Jesús, por el cierre del 2023, por ser de noche, por ser mediodía. Lo bombardeos israelíes continuaron sin tregua aumentando el número de muertos y heridos palestinos.

            Al mismo tiempo, crece la censura de los grandes capitales contra los medios de comunicación; las cuentas institucionales y personales en redes sociales; las universidades y los centros culturales; las manifestaciones callejeras; las conferencias y declaraciones; los artistas, los guionistas, los gestores. El poder de los grandes negocios alcanza a toda voz que exponga su solidaridad con el pueblo palestino, como no sucede en otros conflictos.

            Uno de los primeros ejemplos se dio en la Feria del Libro de Frankfurt, Alemania, la más grande del mundo y considerada hasta el 2023 como un espacio de libertad. A pocas horas del inicio de la guerra contra Gaza, su director canceló la entrega del premio a la escritora palestina Adania Shibi. Ella no tiene ninguna relación con Hamas. Su obra cuenta la historia real de una niña palestina violada y asesinada por un soldado judío en 1949. Más de 600 escritores y editores protestaron por el inédito amedrentamiento.

Las autoridades de Bremen, también en Alemania, cancelaron la entrega del premio Hannah Arendt de pensamiento político a la escritora ruso estadounidense de origen judío Masha Gessen porque ella comparó la tragedia de Gaza con lo que hicieron los nazis. ¡Patético! Manchan el legado de Arendt.

El estado alemán, en sus diferentes estamentos, también la Deutsche Welle y los principales periódicos, se alinearon rápidamente con el régimen de Benjamín Netanyahu. También los “verdes”. Alemania precipitó la forma en la cual se creó Israel a costa de la expulsión de 700 mil palestinos. Podría jugar un rol más adecuado. Sin embargo, su complejo de culpa emerge; hasta las conversaciones privadas se autocensuran por el temor al dedo acusador: “antisemita”.

 Escritoras y periodistas de Egipto denunciaron que sus mensajes sobre los asesinatos en territorios palestinos son borrados. No pueden relatar las torturas y vejámenes a los adolescentes de Jerusalén del Este o contar el heroísmo de los médicos palestinos porque inmediatamente sus cuentas en X desaparecen. Ante sus protestas, reciben la respuesta opaca: “fue un error”.

Estos extremos se dan en todo el mundo. Basta a veces la palabra “Israel” para que los mensajes pasan por filtros diversos. Entidades internacionales y algunos periódicos han publicado esa situación, sin poderla detener.

Artistas de Hollywood que generalmente se pronuncian contra los abusos del poder en cualquier parte del mundo han sufrido la suspensión de contratos, el alejamiento de sus representantes, cercos a su trabajo. No es casual que la mayoría de los grandes estudios pertenezcan a los grandes capitalistas.

Las protestas en las universidades estadounidenses en solidaridad con Palestina han sido catalogadas como racistas. Se ha desatado un gran debate que incluyó la renuncia de autoridades. En 1968, las manifestaciones contra la guerra en Vietnam atacaban duramente a su propio gobierno y no pocas eran de extrema violencia, pero ningún patrocinador amenazó con retirar sus fondos para becas.

Casi todas las actividades que reciben patrocinios o publicidad pueden quedarse sin fondos, en cualquier lugar del planeta, si se atreven a lamentar las muertes en Gaza.

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