8 de septiembre de 2022, 4:00 AM
8 de septiembre de 2022, 4:00 AM


Con un resultado mucho mayor al previsto, los chilenos desecharon el proyecto de Constitución que habían impuesto, con su mayoría, los izquierdistas y populistas que buscaban la “refundación” de Chile, enterrando para siempre la Constitución “pinochetista” del siglo pasado, cambiándola por otra donde se impusieran los derechos sociales en temas como el aborto, la salud, la educación, las pensiones y la novedosa “plurinacionalidad” indígena, curiosamente en una nación unitaria y étnicamente homogénea.

Hace algo más de un mes publiqué una nota, refiriéndome a esa extravagancia chilena. Decía entonces, que, habiendo estudiado en Santiago, jamás había conocido a ningún mapuche ni tampoco había escuchado hablar a nadie en una legua indígena, ni vestir como tal, ni ondear otra bandera que no fuera la de la estrella solitaria. Afirmaba que en Bolivia sí existían indios –quechuas y aimaras principalmente– y que con frecuencia se escucha hablar esos idiomas, aunque predomina netamente el español. De ahí que no entendía la extravagancia –o chifladura– de que en Chile desearan “indianizarse” constitucionalmente.

Por supuesto, en un pueblo sensato y maduro, era muy difícil que surgiera un Estado Plurinacional, que, como el nuestro, es excluyente y peligroso. Por lo tanto, si bien no nos ha sorprendido el claro triunfo del “Rechazo”, pocos han debido pensar que hubiera sido tan aplastante y que, más del 60% de los sufragantes en el referéndum echaran por la borda el anhelo de los proyectistas, que, para entenderlos mejor, muchos eran admiradores nada menos que de nuestro compatriota el dicharachero filósofo indianista Álvaro García Linera.

Si el resultado del referéndum superó las mayores expectativas de la oposición con más de 20 puntos por encima de los partidarios del proyecto de nueva Constitución, es de esperar que hubiera sorprendido de igual manera, aunque penosamente, al presidente de la República, Gabriel Boric, uno de sus más importantes impulsores, quien, sin embargo, asimiló el golpe con aparente resignación, llamando a la calma, invocando a una necesaria autocrítica, y poniendo a Chile por delante, según sus propias palabras. Se comprometió a alentar un nuevo proceso constituyente que tampoco lo niega la oposición, pero que parece muy incierto y complejo luego de lo sucedido el último domingo. Con seguridad que los nuevos asambleístas (suponemos que no serán los mismos) habrán de tomar nota de lo que desean los ciudadanos chilenos, y que valorarán su democracia, que, con virtudes y sombras, supo, como en la España posfranquista, caminar, aunque fuera a tropezones, por el restablecimiento democrático pleno.

Chile no puede darse el lujo de desechar el enorme progreso económico que inició el general Pinochet. Al margen de las grandes tropelías que pudo cometer su régimen, el país progresó y se ubicó en la cima del desarrollo latinoamericano. Si tanto dolor había costado la dictadura militar, justamente por eso no era cuestión de renunciar al progreso y volver al caos solo para borrar su mal recuerdo. Ni siquiera los españoles echaron al fuego lo realizado durante el franquismo –dictadura mucho más larga que la de Pinochet– y ahora, aunque muchos maldicen a Franco, han tenido que reconocer que, de la miserable España de 1936, que hambreó hasta 20 años después, surgió una nueva nación democrática, que, también con sus luces y sombras, sobrevive en libertad y paz a los malos tiempos.

Los peligros de gobiernos que apetecen mantenerse en el poder eternamente burlándose del voto (Venezuela, Bolivia, Nicaragua) han sido rechazados en Chile y al presidente Boric no le queda más opción que reconstituir sus planes, desechando ideas y personajes que venían imponiéndose desde hace algunos años y que habían demostrado verdadero riesgo y violencia tratando de derrumbar una democracia cuyo rescate resultó ser verdaderamente costoso.

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