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16 de noviembre de 2023, 3:00 AM
16 de noviembre de 2023, 3:00 AM

Bastaron dos días de bloqueo y el estruendo de las dinamitas para que los cooperativistas mineros accedan a una audiencia con el presidente Luis Arce Catacora y negocien su pliego de demandas directamente con el Primer Mandatario. Han trascendido pocos detalles del resultado de ese encuentro, suficientes para entender que el diálogo va por buen camino porque las calles de La Paz no están bloqueadas y las dinamitas están guardadas.

¿Llama la atención un trato tan diligente y expedito? Sí, porque otros sectores de la sociedad civil que en algún momento entraron en conflicto por reivindicaciones muy justas y necesarias pidieron ser recibidos por Luis Arce, pero nunca tuvieron una respuesta positiva, y van tres años de gestión. Es el caso de médicos, maestros, medianos o pequeños empresarios o personas que luchan contra el cáncer, todos en una eterna antesala. 

Naturalmente, el primer servidor púbico de Bolivia no tiene la obligación de atender personalmente a todos, pero sería muy democrático y constructivo que dialogue con el sector productivo que paga impuestos y genera empleo formal, con los exportadores que generan divisas para el país o con poblaciones vulnerables que necesitan atención prioritaria del Estado. Pero queda claro que hay sectores que gozan de algún privilegio.

La historia de las cooperativas mineras se remonta al último tercio del siglo XX cuando se produjo la abrupta caída del precio internacional del estaño que, a su vez, provocó el colapso de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol) y la relocalización (despido) de miles de trabajadores mineros. Una parte de los despedidos encontraron nuevas formas de vida, pero otros prefirieron quedarse en las minas, trabajar por su cuenta y explotar las colas y desmontes. Así nacieron las cooperativas, para sobrevivir en tiempos adversos.

Hoy la situación es distinta. Con el paso de los años, el precio de los minerales fue recuperando y los cooperativistas que solo subsistían se convirtieron en acaudalados mineros. Basta recordar que a principios del siglo XXI se decía que la ciudad de Potosí necesitaba ensanchar sus calles para que puedan circular las Hummers (vehículos de alta gama) que se compraban los mineros.

Así, ciertas ventajas concedidas por el Estado se convirtieron en privilegios que los enriquecidos cooperativistas están dispuestos a defender a sangre y dinamita, como lo demostraron en agosto de 2016 con el asesinato del viceministro de Régimen Interior, Rodolfo Illanes.

Tiempo después llegó la fiebre el oro. El metal más caro del mundo despertó la codicia de los cooperativistas que se lanzaron río adentro, en selvas vírgenes y áreas protegidas, a extraer el preciado mineral y amasar incalculables fortunas.

Según datos oficiales del ministerio de Minería y Metalurgia, el primer trimestre del 2023, Bolivia exportó zinc por un valor de $us 350.315.010 y recibió $us 16,262.348 por regalías, además de impuestos. En Potosí, la explotación de zinc está a cargo de empresas mineras a las que se les exige el estricto cumplimiento de la ley.

En cambio, en el mismo lapso, se exportó oro por valor de $us 757.201.164. y solo recibió $us 14.863392, sin impuestos. Todo porque la explotación del oro que daña áreas protegidas y contamina ríos solo paga 2,5% de regalías si es para exportación y 1,5% si el oro se destina al comercio interno.

Otro dato revelador: el primer trimestre de 2023 el valor de exportación del oro -784 millones de dólares- ha superado a la exportación del gas -593,2 millones de dólares-. Del gas se pagan regalías a las regiones productoras, se generan ingresos para el Tesoro y se cobra el IDH que va a gobiernos subnacionales y universidades. En cambio, del oro solo queda una limosna.

Así planteadas las cosas, es fácil entender el poder de los cooperativistas que tienen vía libre en la Casa Grande del Pueblo, cuentan con senadores y diputados que defienden sus intereses, bloquean cuando quieren y resisten frontalmente el cumplimiento de las leyes. Imponen su ley y su capricho, ante un Estado débil y prácticamente rendido ante el poder del oro.


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