9 de febrero de 2022, 4:00 AM
9 de febrero de 2022, 4:00 AM


Si cada uno es esclavo de lo que dice y dueño de lo que calla, las sociedades son dueñas de sus aspiraciones y esclavas de sus creencias. Usualmente, los mejores amigos de un policy maker son los datos y la evidencia empírica, pero tener la razón no es suficiente, es así que entra en juego la cultura y, de manera más precisa, la percepción sobre la política pública en cuestión y las expectativas de la población en relación a ese tema.

En ese sentido, el mes de Santa Cruz de la Sierra es una excelente oportunidad para preguntarse qué valores son aquellos que permitieron que esta tierra de prosperidad crezca como creció y cuáles podrían garantizar un futuro prometedor.

Así las cosas, hay tres extremos de los que la sociedad debe alejarse: una sociedad satisfecha de sí misma, una sociedad desesperanzada y una sociedad sin autoestima (ni identidad).
Una sociedad satisfecha de sí misma es aquella que se considera perfecta para que, luego de unas décadas, esa extrema confianza generalizada termine (como versa el famoso tango argentino) en “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”. Esa sociedad vive de glorias pasadas y victorias ajenas.

Por otro lado, una sociedad desesperanzada es aquella en la que, para la mayoría de la población, no existe posibilidad de progreso; todo es catastrófico, la culpa es de otro y, para esta sociedad, la solución viene de arriba (generalmente del Estado). La falta de confianza en el futuro destruye toda posibilidad de progreso en el presente.

Por último, pero no menos importante, una sociedad sin autoestima es aquella que también perdió su identidad; si bien logró el progreso deseado años atrás, la insatisfacción es generalizada hasta el punto de destruir los cimientos (los valores) que permitieron realizar el ‘milagro’ de prosperar en poco tiempo. ¿De qué sirve para la población vivir mucho mejor si siente que su vida es una desgracia?

A cada extremo, nace una pregunta: ¿Qué será de Santa Cruz de la Sierra si deja de creer en las bases de su progreso (de su cooperativismo, de su hospitalidad, de su fraternidad)? ¿Qué será de la ‘ciudad de los anillos’ si pierde su capacidad de ser crítica de sí misma? Pero aún más importante: ¿qué será de Santa Cruz sin su capacidad de resolver sus propios problemas y, de repente, se queda sin la confianza ni la fe necesarias para ser una metrópoli de prestigio continental?

Si cada uno es esclavo de lo que dice y dueño de lo que calla, las sociedades son dueñas de sus aspiraciones y esclavas de sus creencias. De ahí la importancia de la pregunta: ¿en qué cree y a qué aspira Santa Cruz? ¿estamos dispuestos a trabajar por ello?

Tags