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¿Cuándo acabará la pandemia?

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El 31 de diciembre de 2020, para despedir un año que incluyó muchísimos desafíos, New England Journal of Medicine publica por primera vez los resultados del ensayo clínico de la vacuna de Pfizer. El sentimiento de esperanza, la emoción y también las dudas por lo nuevo, embargaban sobre todo al personal de salud que se sentía ya extenuado, luego de tratar de brindar una respuesta de emergencia prolongada a millones de personas en todos los rincones del mundo, donde el coronavirus llegó trastocándolo todo.

Recuerdo haberme colocado en la fila para recibir la vacuna con mucho entusiasmo, mientras pensaba en lo que había leído esa semana, en la cual me habían avisado que la vacuna ya estaba disponible para mí. Me sumergí en la literatura científica, empezando por albores de la tecnología, desde que la primera vacuna fue generada y perfeccionada para empezar a ser considerada seriamente, a principios de los años 90. Al haber trabajado yo mismo en la generación de vacunas contra el cáncer y, entrenado en inmunología, me parecía muy emotivo que exista la posibilidad de usar vacunas de ARN mensajero contra el coronavirus, aunque tampoco era una total sorpresa.

Ya meses antes, cuando hablaba en foros a los cuales fui invitado a disertar sobre vacunas, mencioné que la forma más rápida y eficiente de generar vacunas era echar mano de una tecnología todavía no usada ampliamente contra enfermedades infecciosas, pero considerada altamente segura. Lo que faltaba para hacer esto una realidad, era solamente una oportunidad, considerando que en ese momento esta técnica estaba limitada a enfermedades complejas o con mal pronóstico. El momento de brillar llegó cuando se usa esta estrategia como una vacuna para prevenir la infección por coronavirus y los resultados no solo han sido positivos, sino que han excedido las expectativas.

Un corto tiempo después, las vacunas de ADN aparecen como otra alternativa, con antecedentes muy parecidos a las vacunas de ARN mensajero. Tuve la oportunidad de conocer a uno de los pioneros en la generación de este tipo de vacunas, cuando me encontraba en Boston. Al saber que él era uno de los encargados de poner en marcha este proyecto, comprendí que su trabajo es un premio a la dedicación de muchos años de investigación. Usando ya previamente la tecnología de vacunas de ADN para combatir el HIV, su laboratorio ya contaba con algunos resultados ante esta dolencia tan compleja de prevenir y tratar, y en base a la experiencia acumulada, tomó un impulso y consiguió probar que esta tecnología funcionaba para prevenir la infección por coronavirus.

Tal vez, para muchas personas fue una verdadera sorpresa que la comunidad científica haya respondido con tal celeridad a esta necesidad imperante de protegernos contra el coronavirus. Para mí no lo fue: he visto, he sido parte y he vivido en carne propia el intento y el error, una y otra vez, el pasar de las estaciones, los días y los años dentro del laboratorio. Siempre soñando que algún día puede ser ese día, en el que se pueda contribuir a la humanidad con un poco de conocimiento que nos ayude a entender los fenómenos de la naturaleza, o que nos ayude a aliviar enfermedades como el cáncer, que es parte de mi experiencia personal como médico investigador.

Claro que la gente tiene razón cuando dice que es muy complicado. Sí lo es, no es nada fácil entregarse en la forma en la que los académicos se entregan al trabajo con locura, tal vez de ahí viene el concepto de científico loco. Los científicos son personas normales que han decidido que el sentido de su vida será usar la ciencia para responder preguntas que nadie más en el mundo ha logrado responder. Preguntas como esta que nos estamos haciendo todos: ¿cuándo acabará la pandemia?

Lo que quiero dejar en claro es que todo lo que estamos viendo ahora, la nueva era de las vacunas, no es casualidad. Es el resultado de un arduo trabajo de mentes brillantes y de generaciones de relaciones positivas entre mentores que enseñan y muchas nuevas mentes que aprenden. Todo esto para que sigamos avanzando como humanidad y seguir entendiendo cómo funciona la biología humana, lo cual nos permitirá también aliviar más dolencias y sufrimiento en el futuro.

También es importante saber que, como cualquier otra persona, al ser seres humanos estamos expuestos a errar. Precisamente por esto es que la ciencia bien conducida tiene los mecanismos necesarios para filtrar la calidad de los métodos y los resultados. Para esto seguimos métodos muy estrictos y después de muchos procesos, una de las fases de la investigación médica más delicada que existe, es cuando viene el tiempo de pasar a la experimentación en humanos. Esta misma consta de todas las regulaciones y cuidados necesarios, y así es como se generan nuevos tratamientos médicos. De esta manera es como se ha logrado curar enfermedades, controlar epidemias y convertir enfermedades altamente letales en crónicas. En el caso de las vacunas contra el coronavirus contamos con resultados de ensayos clínicos, donde podemos ver su seguridad y eficacia.

El covid-19 nos ha enseñado que cuando se está preparado, es posible inclusive conducir ensayos clínicos de la más alta calidad. Al mismo tiempo, esta situación nos ha mostrado que existen personas, ya sea por un sesgo personal, por medio de manipulación o simplemente por mala fe (y que lamentablemente tienen acceso a micrófonos y medios virtuales), pueden prometer curas milagrosas, desacreditar a la ciencia y expandir el pánico.

Dudemos de quién grita más fuerte en la televisión o en un video “viral” y que ha pasado muy poco tiempo en un laboratorio o un piso de medicina. No caigamos en sus provocaciones ni en sus argumentos engañosos, que parecieran ciertos, pero no son fundamentados.

Llegando al final de este artículo, respondo a la pregunta que planteé al inicio: ¿cuándo acabará la pandemia? La respuestas es: cuando cada uno de nosotros decida dar un paso adelante y poner el brazo para recibir la vacuna. En ese momento, una parte de la pandemia va a acabar. Me darán la razón cuando estén yendo a casa, después de la segunda dosis. Ese miedo constante de enfermar grave, la posibilidad de necesitar una terapia intensiva o de morir se irá yendo, poco a poco, de nuestra mente.

Y eso no es todo, también quedan nuestras familias, nuestros amigos, la gente de nuestra ciudad con la que interactuamos todos los días, los que hacen de nuestra vida algo maravilloso para disfrutar día a día. Para todos ellos también acabará la pandemia cuando cada uno de nosotros, valientemente, aceptemos que que las vacunas sí funcionan y que estamos ante una enfermedad prevenible.

Es un sufrimiento que puede evitarse. Ese día está cerca. Las herramientas están sobre la mesa, sólo tenemos que empezar a trabajar para que eso suceda. A cada uno de ustedes les digo, como boliviano, que he visto todo desde adentro: he visto pacientes despedirse muy temprano, personas a punto de ser entubadas pidiendo ser vacunadas cuando ya era demasiado tarde. Y he vivido también en primera persona esta magia tecnológica que son las vacunas. Y les digo: no hay mucho más que pensar. La pandemia acaba cuando cada uno de nosotros se sienta preparado para poner el brazo. Ese es, por ahora, el punto final.

Omar Gandarilla Cuéllar es  Médico



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