Edición Impresa

Cuando la paciencia pone plazos

Carlos Hugo Molina 19/10/2021 05:00

Escucha esta nota aquí

En la dinámica social boliviana, la mayoría de los conflictos siguen un procedimiento pactado de pliegos petitorios, solicitud de reuniones y plazos generosos para que se busquen las respuestas y así puedan ser evitados. En puridad técnica, es como si no se quisiera llegar al plazo fatal y se hace todo lo posible para que las negociaciones terminen en abrazos.

En algunas oportunidades, suben de tono las declaraciones y el debate se vuelve virulento pero el espíritu negociador se mantiene. La experiencia demuestra que una vez escalada la conflictividad y se han cumplido los plazos establecidos, resulta más difícil suspender las medidas por los mecanismos de consulta que exigen llegar a las bases antes de tomar nuevas decisiones. En esas circunstancias, es normal que la exigencia demande también mayor jerarquía de los negociadores gubernamentales por desconfianza o cansancio.

Todos los conflictos que recogen los medios de comunicación estos días, están siguiendo ese procedimiento no escrito. Quizá la novedad sea que han subido muy rápido los decibeles de los interlocutores y estamos escuchando un nivel de confrontación verbal innecesariamente agresivo. Habrá que recordarles a los negociadores gubernamentales que no han cumplido todavía un año en el ejercicio de sus funciones, y que les faltan cuatro largos años en los que tendrán que demostrar templanza y equilibrio en razón del camino de confrontación que ha tomado el Gobierno del presidente Arce.

Otra situación que antes no existía, es la multiplicación de voceros fuera de la función pública que debilita la capacidad de acción de los negociadores oficiales. Nos estamos acostumbrando a escuchar como normal que Evo Morales, Álvaro García Linera y algunos exministros del anterior Gobierno sean los que definan la agenda y la forma de plantear la dinámica de la acción política.

Particular notoriedad han adquirido las declaraciones de García Linera cuando arremete contra el poder económico y conspirativo de las empresas y ofrece una generosa receta de medidas para controlarlas. Nadie puede oponerse a mantener regulados y equilibrados a los agentes de la economía, y menos bajo un gobierno que se dice socialista. Sin embargo, lo que habría que preguntarle es si las medidas que está sugiriendo, en el fondo, en la forma y en la oportunidad, tienen sentido con la crisis mundial de la economía, las necesidades de la sociedad boliviana y la administración de un gobierno que se ve arrastrado por sus palabras.

Aliento, respaldo, protección, confianza, sostenibilidad, largo plazo, superación del miedo, seguridad jurídica, justicia independiente, garantías, invitación a invertir, paz social, son los componentes imprescindibles para estos tiempos que están adoptando gobiernos inteligentes, y que los necesitan los pequeños, medianos y grandes empresarios, comunitarios, cooperativos y productores de economía mixta, sean nacionales o extranjeros. Y para nuestra realidad, estoy pensando en el turismo, el café, la soya, la quinua, la carne, los tejidos, la miel, los servicios para la producción y la inteligencia que Bolivia debe ofertar al mundo por estar en el corazón de América…

Muchas cosas han cambiado en Bolivia después de la renuncia de Evo Morales y que pareciera, no están siendo comprendidas por los renunciantes. La primera de ellas es que el presidente, la agenda, la situación política, económica y la salud del pueblo boliviano, son distintas y por ello necesitan de otras respuestas.

Hay un pliego petitorio y plazos en curso que servirán para comprobar si el nuevo Gobierno comprende la realidad que le está tocando administrar. Salud, economía, justicia y transparencia, son las bases de las demandas. Demasiado sencillas para no comprenderlas.

Carlos Hugo Molina es Director del CEPAD


Comentarios