28 de diciembre de 2022, 4:00 AM
28 de diciembre de 2022, 4:00 AM

El mapa de transitabilidad que otorga en vivo la Administradora Boliviana de Carreteras (ABC) indica que en general las vías están transitables, excepto algunos tramos en Pando, Cochabamba y desvíos en Santa Cruz. Lo que no dice es su alta peligrosidad que siguen sufriendo quienes se transportan por estas rutas sin señalizar, sin luminarias, con animales sueltos, sin controles camineros eficientes y un largo etcétera.

Se estima que el año pasado se registraron 9.000 siniestros y que este año que finaliza el número creció a 14.000. Datos fríos, donde detrás de cada número hay historias, desgracias, heridos y fallecidos. Un gran porcentaje de estos accidentes se podrían evitar con solo ejecutar las normas vigentes de control.

Amén que la gran mayoría, según informes oficiales, no utiliza el cinturón de seguridad correspondiente y los controles en los peajes son inexistentes. Si lo único que interesa es el cobro y no la vida y la seguridad de las personas; la política de su actividad debiera replantearse.

No hace falta ser un experto para darse cuenta de que buena parte de los vehículos que transitan por las carreteras del país no cuentan con luces adecuadas, buen estado de neumáticos y frenos en condiciones. No obstante, el control caminero hace caso omiso del estado mismo del conductor y deja pasar a propios y extraños.

Es curiosa la modalidad que se emplea en puestos policiales de vías internacionales, que, con una soga cruza la vía a medio metro de altura cortando el paso y el conductor del vehículo, sea del tamaño que sea, debe bajarse bajo la lluvia o el radiante sol, no importa, para hacerse sellar el peaje.

Hecho que sin soslayar a los menos cautos, ese sello le cuesta un monto, según la cara del cliente. La curiosidad aumenta porque ese mismo “papel” lo otorga el puesto oficial de peaje, que supuestamente debe llevar un control de quienes pasan de ida y de vuelta. Control y descontrol parecieran ser la misma palabra.

De noche, las carreteras son aún más peligrosas por la falta de luminarias en las poblaciones, la inexistencia de señalética vertical y el exceso de rompemuelles de prominente tamaño. Si bien algunos sitios tienen al costado de la vía tachas reflectivas, también conocidas como ojos de gato, hay que cuidarse de los reductores de velocidad sin mantenimiento.

En la carretera Santa Cruz de la Sierra-Yacuiba no existen carteles orientadores de las distancias entre las poblaciones. La empresa de señalética contratada se ha olvidado de incluir el kilometraje correspondiente cuando anuncia el nombre de la ciudad, sin dar utilidad a quien viaja y quiere saber las distancias del destino próximo.

En la misma vía hay varias estaciones de peaje nuevas, sin inaugurar, abandonadas a su suerte, que carecen de guardias y de luces, y que las hierbas están apropiándose de la obra, seguramente después de una alta inversión.

La educación vial es un problema estructural y no condice con los códigos universales en cuanto al manejo de luces, prioridad de paso y velocidades permitidas. Un alto porcentaje de accidentes se da porque muchos se “parquean” en media ruta sin balizas ni la señalización correspondiente.

Viajar es un placer, pero en las carreteras de Bolivia suele ser una aventura que tristemente puede terminar mal.

Con poco esfuerzo se podría lograr mayor seguridad y bajar los índices de accidentes.

El trabajo responsable de las autoridades pertinentes podría generar que nunca más sean carreteras de la muerte y así poder disfrutar de un agradable viaje.

Tags