12 de enero de 2023, 4:00 AM
12 de enero de 2023, 4:00 AM


¿Puede un profesional, en este caso economista, opinar sobre la democracia?

Algunos piensan que un profesional de una rama debiera sólo especializarse en la misma y no opinar sobre otros campos. Concuerdo con esta visión sólo en los casos que son especializados y requieren una formación adicional. He escuchado a profesionales hablar “herejías” por ignorancia.

Pero esa no es la norma, sino la excepción. El filólogo peruano, Armando Zubizarreta, señalaba que la universidad no sólo debía concentrarse en formar profesionales, ni científicos, sino hombres cultos. Según este autor, “un científico o un profesional … que sea ignorante de todo lo que está más allá de su ciencia o su profesión no es, sin embargo, un verdadero bárbaro.”

Por eso, Zubizarreta apoyaba que la universidad debe formar hombres cultos: aquellos que conocen historia, aprecian la naturaleza, conocen su sociedad, valoran las artes. Es aquel “ser humano libre, responsable y solidario con los demás, que participa en la aventura del hombre por ser hombre, en la cultura.”

Con ese marco, me permitiré opinar también sobre otros campos, este caso, la política y en específico, la democracia. Aclaro que en lo profesional me importa muchísimo porque existe evidencia rigurosa que indica que: a) más democracia implica mayor ingreso; y, b) la transición a la democracia es costosa en términos económicos.

A la luz de lo que pasa en nuestro país, en Perú, en Brasil, e incluso Estados Unidos, las veo como democracias heridas. Hay un valioso y reciente libro del cientista político polaco Adam Przeworski titulado “Las crisis de la democracia”.

En ella expone que la democracia directa actual está amenazada por un tipo especial de populismo denominado “delegativo”. Es aquel que surge de una noble intención: ser bien gobernado por otros. De esta forma, los electores ceden el poder a autoridades electas para que puedan conducir bien.

Sin embargo, el peligro se encuentra que los candidatos ofrecen “soluciones mágicas” (ya sean simbólicas o prácticas) para los problemas de la población. Con el fin de implementar esas soluciones, estas autoridades desactivan los controles como la separación de poderes y enfatizan las diferencias con sus opositores. Y, para evitar ser depuestos crean mecanismos para evitar que sean removidos electoralmente.

Una de las claves y atractivos de la democracia es la capacidad de poder relevar a quienes son malos gobernantes. Pero con el populismo delegativo, se va generando una “autocracia democrática”. Es decir, un gobierno autoritario, pero libremente elegido que erosiona los pilares de la democracia.

Los teóricos de la democracia de hace dos siglos pensaron que, frente a una situación de autocracia y poca democracia, los gobernados se rebelarían para devolver el orden constitucional. Pero eso no ha sido así: el mejor ejemplo (y la terrible experiencia) es la de Venezuela, que está atrapada en este laberinto, que además ha generado una erosión en su estándar de vida. Parte de esta desgracia es que no existe una opción para los votantes por los egoísmos y miopías de los opositores.

En lo personal, estoy desalentado porque veo que nuestras democracias ya no sirven para darnos los elementos imprescindibles para vivir en paz: elecciones competitivas, libertades de expresión y asociación y respeto a la ley.

Nuestros políticos quieren ser electos para no vivir en democracia, sino en autocracias. No les gusta negociar, pactar, ponerse de acuerdo, sino imponer. Ven enemigos ciertos e imaginarios por todas partes.

En cuanto a libertades, cualquier opinión primero es categorizada como la de los “nuestros” o la de los “otros”. Luego es atacada por caer en esa categoría y no por el peso de los argumentos esbozados. Esto es peor porque todos vivimos en nuestras “cajas de resonancia” de visiones obtusas donde sólo predominan nuestros prejuicios.

Y ni qué decir de respeto a la ley, puesto que como ciudadanos nos sentimos indefensos ante la arbitrariedad a todo nivel.

Me duele esta “democracia”.

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