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Un tiempo para olvidar y otro para creer que se puede jugar un poco mejor. La selección boliviana pagó con la derrota (2-1) los serios problemas defensivos que tuvo en la primera parte del encuentro con el seleccionado chileno.

Estuvo siempre más cerca de recibir el tercer gol que de lograr la igualdad por esos desajustes que nacen arriba, crecen en el medio campo y se reproducen en la defensa, a causa de la falta de una estructura sólida que permita sostener al equipo.

Bolivia tiene que dejar de ser ‘Deportivo Martins’, una selección que sobrevive colgada al amor propio, la pujanza, al entusiasmo, la entrega y el roce internacional de su goleador y referente. Está obligada a convertirse en un equipo en toda la extensión de la palabra, en un grupo compacto, solidario, con convicción para defender y atacar.

El viernes, el planteamiento inicial ideado por César Farías fracasó por completo, debilitando el colectivo y mermando la capacidad individual de los futbolistas. El 3-4-1-2 no funcionó, más por falta de trabajo por la falta de aplicación de sus intérpretes al no sentir tal función en el campo.

A Montero, Valverde y José Sagredo les costó hacer pie en la zaga central; inseguros en la marca y en la cobertura a los costados, propensos a la falta (así nació el primer gol chileno) y sin prestancia para salir jugando desde el fondo.

Bejarano y Fernández no fueron laterales volantes de ida y vuelta, al primero le costaba volver para colaborar defensivamente y el segundo no apoyó nunca en ataque, y dudó siempre al marcar y proyectarse.

Justiniano estuvo recargado en la tarea de contención en un sector donde no hubo una mecánica de juego y perdió fácil la pelota. Saavedra tampoco encontró su lugar en la zona y no aportó en la labor de apoyo; y Juan Carlos Arce fue intermitente, desconectado de los atacantes y volantes por falta de entendimiento como equipo.

Arriba, Martins aguantó pelota, las peleó todas, corrió rivales, buscó siempre en el área rival e hizo un golazo, con un frentazo impecable, tras el tiro de esquina del Conejo Arce. Gilbert Álvarez no estuvo a su altura.

Bolivia cambió cuando César Farías modificó el sistema con el ingreso de Ramiro Vaca por Fernández. El equipo nacional funcionó mejor con el 4-4-2. El tarijeño aportó pausa, salida clara y posibilidad de tener un poco más la pelota.

Otro acierto fue la inclusión de otro tarijeño, Diego Wayar (por Saavedra), que equilibró el medio campo con despliegue y oficio en la marca. Con ambos, Bolivia tuvo mayor solidez, y la defensa se acomodó mejor porque tenía delante una barrera de contención que no había existido en el primer tiempo.

Distinto fue lo de Chumacero, lejos del jugador dinámico de otros tiempos. Tampoco encontró un lugar en la cancha Ramallo. Inofensivo en ataque por su tendencia a salir de la zona de definición.

Martins siguió en la suyo en su partido número 80 con la casaca nacional, pero necesita compañía, y no la tuvo. El equipo mejoró en su estructura defensiva, pero no creció en el aspecto ofensivo, por eso estuvo lejos del empate.

Este es el enésimo volver a empezar. El DT nuevamente promete una selección distinta, como lo hizo el año pasado.

Ante Chile se vio a una selección muy liviana, insegura, inofensiva, aferrada a un Martins que, obviamente, no puede solo contra el mundo.

Este lunes, frente a Ecuador, se presenta otra oportunidad para empezar a encontrar el rumbo.

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