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28 de marzo de 2022, 4:00 AM
28 de marzo de 2022, 4:00 AM

Por Rodrigo Rojo 

La brecha digital limita el acceso al conocimiento y a la prosperidad. Podría enumerar otras consecuencias: acentúa las diferencias sociales y culturales, disminuye las opciones de acceder a un empleo de calidad y limita las posibilidades de crecimiento y de innovación.

La falta de acceso a nuevos conocimientos lleva a esta parte de la sociedad al retraso en el desarrollo y falta de comunicación. Se trata de una nueva forma de exclusión social. Urge remediar el estado de las cosas para un crecimiento inclusivo, que ofrezca oportunidades para todos y una salida de la pobreza a los sectores vulnerables.

Cosas tan cotidianas como pedir cita con el doctor, descargar libros de distribución gratuita, comprar por internet, acceder a cursos gratuitos o almacenar un documento, para muchos ya es parte de su rutina. Pero para un gran segmento de nuestros países, es una especie de utopía. Naciones Unidas lo ha descrito de una manera directa y sin eufemismos: las brechas digitales “reflejan y amplifican las desigualdades sociales, culturales y económicas existentes”.

Por esta razón, requerimos trabajar constructivamente, en un esfuerzo concertado entre el gobierno, el sector privado, las instituciones académicas, pero sobre todo el ciudadano, para ayudar al progreso de las sociedades, superar los desafíos que presenta la denominada cuarta revolución industrial y crecer de manera inclusiva y sostenible.

La Covid-19 marcó un antes y un después en el desarrollo de un mundo conectado. La educación, por ejemplo. Nada será igual. Comencemos por admitir que mientras hay un grupo escolar que ha seguido su aprendizaje más o menos con normalidad, aquellos que no disponían de un smartphone o un procesador se convirtieron en espectadores. La educación dejaba de ser una realidad para ellos.

La brecha digital es innegable y, para evitarla, requerimos inversión, pero también sensibilidad por parte de los poderes públicos. Los Estados deben contribuir a formar a su población, de lo contrario, las desigualdades sociales seguirán creciendo y, con ellas, la imposibilidad de desarrollarse a nivel económico.

En América Latina, la región del mundo más golpeada por la Covid-19, el acceso digital profundiza las diferencias: menos de la mitad de los latinoamericanos tienen conectividad de banda ancha fija. Garantizar un mejor acceso a Internet para todos equivale a multiplicar las posibilidades educativas, formativas y laborales de la población, tal como dijo Carlos Felipe Jaramillo, vicepresidente del Banco Mundial para América Latina y el Caribe. Los gobiernos deben buscar la inclusión a través del suministro de servicios y reformas jurídicas y regulatorias.

El sector público debe trabajar con el privado para ampliar el alcance de las redes. Se estima que durante la próxima década, la universalización del acceso de banda ancha en Latinoamérica costará el 0,12% del PIB anual de la región; la implementación de la tecnología 5G en centros metropolitanos de primer y segundo nivel un 0,17% .

No basta con crear los puntos de conexión a Internet. Es necesario crear una cultura en la sociedad. Y por supuesto, tenemos que caminar hacia ese esfuerzo concertado, que nos libere de esta nueva y, penosamente, nueva forma de exclusión.

* Rodrigo Rojo es director de Asuntos Corporativos de Tigo

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