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15 de diciembre de 2022, 7:00 AM
15 de diciembre de 2022, 7:00 AM

Mirando al futuro, por el bien del país y los bolivianos, sin el patriotismo efímero ni el falso nacionalismo que enarbolan los políticos en búsqueda del poder sin medir las consecuencias de sus actos que comprometen el devenir de nuestros hijos y las generaciones futuras, como Estado y sociedad tenemos el deber y la obligación moral de repensar y actuar en consecuencia sobre nuestras futuras relaciones externas, en particular con Chile y nuestros vecinos en la región.

Los reveses sufridos en la Corte Internacional de Justicia en el que dos fallos inapelables nos privaron de manera perpetua la salida soberana al mar y los derechos plenos y únicos sobre las aguas del Silala, deben hacernos reflexionar acerca del manejo político de las cuestiones patrimoniales de la Nación. La política exterior debe ser una cuestión de Estado en función de los mandatos de la Carta Magna y no pueden estar sujetas al vaivén de los gobiernos de turno, sean de derecha o de izquierda. Estas mismas cuestiones fueron mal llevadas inclusive hasta una consulta ciudadana a través de un referéndum, consultando a la población sobre asuntos económicos y comerciales como la venta del gas a un país en particular, como si la demanda y oferta global pudieran estar sujetas a las voluntades ciudadanas.

Hoy quedó demostrado por el vecino país trasandino, como ejemplo para nosotros y el resto de países, que los intereses de una Nación son supremos respecto al interés particular de un partido, corriente ideológica, región, grupo social o cualquier pretensión económica nacional o foránea, por encima de todo, está la integridad territorial, los recursos que le pertenecen al pueblo y el bienestar de la sociedad en su conjunto. Es en función de estos intereses que debemos ahora redefinir como nos queremos integrar al mundo y la forma de relacionarnos con él, en concordancia con nuestros anhelos de desarrollo social, económico y sostenibilidad ambiental.

Deberíamos empezar la tarea por nuestra Cancillería y las Representaciones diplomáticas en el exterior, donde debemos desterrar el manoseo político y la ideologización, a través de la re institucionalización y profesionalización del servicio exterior. En la función diplomática debe primar una representación estadista de alto nivel en las relaciones entre Estados y los Organismos Internacionales, enfocada en la promoción de inversiones, exportaciones y el turismo, en la cual se fomente el intercambio cultural y la formación de nuestros jóvenes en la ciencia y la tecnología que nos brindan países más desarrollados.

En el caso concreto de nuestra relación con Chile, restablecer las relaciones diplomáticas sería un paso trascendente para la política exterior boliviana, lo cual no significa traicionar nuestros legítimos anhelos a una causa justa, pero que en derecho nos fue ganada en la guerra y en la mesa, como muchas conquistas de tierras y territorios han sucedido a lo largo de la historia en todos los países de América. Las relaciones con Chile no solo están vinculadas a la salida marítima por los puertos de Arica, Iquique y Antofagasta, otrora bolivianos y peruanos, sino, a una sólida integración comercial y productiva a través de la explotación de minerales, la infraestructura vial y ferroviaria, la energía eléctrica, así como al comercio de mercancías proveniente de zona franca de Iquique.

Deberíamos retomar la negociación del Acuerdo de Complementación Económica entre nuestros países, paralizado más de 20 años, esto puede marcar el inicio de una nueva etapa en nuestras relaciones bilaterales, no solo limitada a la liberación comercial, sino a la complementariedad en todos sus ámbitos, tales como el tema migratorio, el combate a la trata y tráfico de personas, la lucha conjunta contra el contrabando que se origina en la Primera y Segunda Región del Norte de Chile, la cooperación en materia sanitaria y nuestra inclusión en las cadenas globales productivas en las que nuestro vecino ya está inserto gracias a sus múltiples acuerdos comerciales con países más desarrollados.

En materia de infraestructura y logística, una adecuada política exterior debería posicionarnos en las vías de salida a ultramar, con mayor inversión, servicios y alianzas estratégicas, profundizando los acuerdos de libre tránsito, promoción de inversiones en sitios extra portuarios y zonas francas portuarias que nos permitan un acceso más competitivo a mercados externos. La inversión conjunta de las empresas ferroviarias bolivianas y chilenas en los corredores viales Arica – La Paz y Uyuni – Antofagasta, destinados a incrementar el volumen y la eficiencia en el manejo de carga a granel, sería un gran aporte al desarrollo económico del occidente del país y el norte de Chile.

Por otra parte, Bolivia y Chile comparten las más grandes reservas de litio del mundo en sus salares, de tal forma que la armonización de políticas y acuerdos de atracción de inversión de manera conjunta podría dar mayores y mejores réditos a nuestro país en la explotación de este preciado recurso natural, dada la condición de Chile de país miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE).

En definitiva, si los bolivianos queremos seguir mirando a Chile como nuestro enemigo de fines del siglo antepasado y continuar enclaustrados sin opciones de desarrollo hacia el Pacifico, debemos no hacer nada y seguir con el lamento de siempre.

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