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10 de mayo de 2023, 4:00 AM
10 de mayo de 2023, 4:00 AM

Por Ignacio Di Tullio, profesor universitario, periodista y poeta

Una de las causas de que en la actualidad los comunicadores incurran en malas prácticas se debe a la falta de reflexión en torno al oficio. Claridad, brevedad, concisión: las tres máximas del periodismo. El oficio no solamente debe recordar sus tres principios elementales sino también empezar a amigarse con la búsqueda de la originalidad.

Está fuera de discusión que en los tiempos que corren la creatividad es el valor más apreciado en cualquier organización. Lo curioso es que los creativos llevan en su maletín una extraña fórmula: deben saber perderse para dar con las mejores ideas. Una idea novedosa para una buena cobertura, un tema original para una columna, un enfoque poco consabido… todos ellos constituyen senderos sin huella. Todo editor o jefe de sección desearía contar en su plantilla con redactores plagados de ideas frescas. Pero, ¿dónde descansan estos tesoros?

Si algo tienen en común el género informativo y el género lírico –vale decir, la poesía- es que ambos se valen de un ejercicio fundamental: la entrevista con la realidad. Como el poeta, el buen periodista debe encarar su jornada convencido de que solamente perdiéndose podrá encontrar ideas o temas sustanciosos. “Perderse” es andar por caminos que otros no han recorrido, no repetir las noticias que otros proclaman. Perderse equivaldrá a salir a la caza de noticias vigorosas, historias que, al igual que los grandes peces, no se dejan atrapar con facilidad.

Al igual que lo que sucede con la poesía, en el periodismo muchas veces “menos es más”. Durante un par de años el escritor Fabio Morabito llevó adelante una brevísima columna semanal en la revista cultural Ñ, del diario Clarín de Buenos Aires. “Siempre se puede quitar algo del texto.

Llegaba un momento en que tenía que contar los caracteres por el tamaño que me exigían en el diario. Eso representa una enseñanza casi ética para un escritor. La columna breve tiene una síntesis que la acerca a la poesía. De manera involuntaria, algunas de esas columnas terminan por tener el tipo de pensamiento, de imaginación que uno puede llegar a encontrar en la lírica, donde hay asociaciones y afirmaciones que de algún modo nos tocan pero que no podríamos traducir en términos muy racionales”, afirma Morabito, en relación a aquellas columnas.

Cuentan que el periodista Jorge Lanata solía obligar a los redactores de su diario Página12 a leer poesía. No buscaba aficionados al género, sino que los periodistas comprendieran el ejercicio riguroso con el lenguaje que supone la composición de un poema. Lanata aspiraba a que la redacción del medio que comandaba adquiriera el mismo rigor presente en el discurso poético, un parámetro que, a fin de cuentas, no es para nada ajeno al discurso informativo.

Hace algunos días, en un taller que dicté para periodistas de Bolivia, en el marco de un Programa Internacional de Periodismo Digital organizado por la empresa de telecomunicaciones Tigo, me puso nuevamente de cara no sólo frente a las tres máximas del oficio sino a la relación del periodismo con la poesía.

La brevedad es quizás la condición más difícil, porque el ser humano tiende naturalmente a la digresión y al circunloquio. Ya lo decía el aforista francés Joseph Joubert: “Porque me faltó tiempo no he sido breve”. En la redacción periodística, extenderse innecesariamente denota falta de elaboración y cuidado. La instancia de la corrección y revisión final de una nota –una práctica cada vez menos frecuente en las redacciones- se emparenta al momento en el que el artesano se aboca a las terminaciones de la pieza en la que trabaja. 

Es un acto sagrado donde no solamente se pone en juego el profesionalismo del redactor sino su solidaridad hacia el lector. Al tachar las palabras que sobran, lo mismo que el poeta, el periodista poda su bonsái para que el mínimo follaje logre transmitir el concepto del modo más exacto y preciso.

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