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28 de abril de 2022, 4:00 AM
28 de abril de 2022, 4:00 AM

Conozco un poco de música clásica porque a mi edad sería el colmo que no pudiera distinguir a algunos autores memorables y disfrutar de sus creaciones. Mas debo reconocer que soy ignorante en el arte musical sacro, barroco en este caso, con coros que parecen oírse desde el cielo, donde se utilizan instrumentos como el órgano, el clavecín, el violonchelo, el oboe, el fagot, que no están entre aquellos de nuestra música popular, o de esos otros sonidos electrónicos que se van imponiendo día a día. Todo tiene su lugar y su belleza, sin duda.

El Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca de Chiquitos, ahora en su XIII edición, es una auténtica expresión de cultura, que provoca gran emoción entre los bolivianos, pero también entre los extranjeros, que, en importantes cantidades, llegan hasta las zonas más recónditas de la Chiquitania. Buscan las creaciones de Zipoli, Bach, Händel, Vivaldi, Purcell, Bassani, cuyos espíritus se pueden hallar en las selvas y pueblos de una Bolivia lejana, escasamente conocida, arcana, donde unos pocos monjes jesuitas, esos benditos curas cultos, dejaron su alma en las misiones introduciendo el catecismo en unos indígenas abandonados y pobres, a quienes la fe les conservó la existencia.

Cultura es música desde luego, pero también es arte en sus diversas expresiones; son las letras, la tecnología, la gastronomía, las costumbres, que expresan la vida de los pueblos. La cultura no puede estar limitada, como tiende a suceder en Bolivia, solo a la música criolla y los bailes populares y a las comidas típicas de cada región. Eso es parte de la cultura, sin duda, pero una cultura universal, imponente, es la que muestra Chiquitos en sus festivales bianuales, donde la Asociación Pro Arte y Cultura (APAC) realiza una labor sacrificada y encomiable que deberíamos agradecer y apoyar todos.

Tres días en San Ignacio de Velasco y una mañana en la iglesia de Santa Ana, fueron el tiempo del que disponíamos para apreciar el inicio del festival de música barroca. Tiempo mezquino. La magnificencia del templo de San Ignacio, con sus columnas talladas por jóvenes artesanos nativos, el maravilloso altar mayor bañado en oro, el púlpito desde donde alguna vez se oyeron voces sabias, las imágenes sacras, la cajonería, llaman a guardar silencio, observar, y oír. Una eficiente directora de Cultura del Gobierno Autónomo Municipal, que la hemos apreciado, abre el camino para llegar a toda esa belleza.

Así impresiona también la modesta iglesia de Santa Ana, pequeña como pequeño es el pueblito, adornada con hojas de plátano en sus columnas, pero original desde la época jesuítica, jamás restaurada como nos expresaron los lugareños. Sin embargo, donde la orquesta de San Ignacio nos deleitó con instrumentos y voces inspiradas por el genio de Doménico Zipoli y Martin Schmid, que culminaron con una bella canción cruceña del creativo bardo Alfonso Moreno Gil.

El festival de música barroca de la Chiquitania ocupa un tiempo breve en la vida de la región, aunque lo quisiéramos permanente. Pero es que el otro cultivo, el de cultivar la tierra, no cesa ni un solo instante. Con nuestros anfitriones, quienes nos invitaron – a mi esposa y a mí – a San Ignacio de Velasco, pasábamos raudamente de los templos al campo, de la conversación sobre los jesuitas, al del trabajo arduo de los cruceños en esas inmensidades verdes, con lejanos horizontes como mares, cultivadas con soya, maíz y trigo.

Es ahí, en esas extensiones inmensas, donde, de las reducciones jesuíticas, se pasó a la agropecuaria de hoy. Ver Chiquitos es ver progreso, es convencerse de que Bolivia tiene futuro. Pensamos que fue el que vislumbraron aquellos obreros de la Compañía de Jesús. Ahí están creando riqueza los empresarios cambas, como están los collas, los agricultores menonitas, como los argentinos, brasileños o cualquiera que adquiera legalmente un predio y tenga ganas de surgir.

Lamentablemente, a esas zonas de trabajo y producción, se acercan como hienas en busca de despojos los ociosos que exigen quedarse con tierras chiquitanas como moneda de pago para cobrar sus lealtades partidarias. Los “interculturales” y los de la “Única” se están peleando en nombre del MAS, para arrebatar espacios ajenos y venderlos a cualquier precio, sin haber realizado esfuerzo alguno. A esos que nada tienen que ver con la cultura de la música ni con el cultivo de la tierra y que solo amenazan con bloqueos, hay que cerrarles el paso entre todos, para salvar los valores de Chiquitos.

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