4 de enero de 2021, 5:00 AM
4 de enero de 2021, 5:00 AM


El año que se fue obligó a confinarse, a quedarse en casa y a guardar cuidado del enemigo silencioso, el coronavirus. Mientras el mundo se preocupó por el virus, nadie reparó en un drama que sigue golpeando a muchas familias en Bolivia y el mundo: la violencia de género.

El encierro intensificó la violencia intrafamiliar. De acuerdo a ONU Mujeres, el confinamiento desnudó un incremento de denuncias por violencia doméstica del 25% en Argentina, 33% en Singapur y 30% en Francia. Oficialmente, Bolivia cerró el año con 113 feminicidios y 51 infanticidios, según la Fiscalía General. Las víctimas perdieron la vida en manos de sus padres, parejas, esposos, enamorados, concubinos; es decir, gente del entorno familiar. El drama de estar atrapados en hogares inseguros.

Es menester aclarar que hay subregistros de estos hechos de violencia que, si bien son difíciles de cuantificar, se cuelan por las rendijas de otras tipificaciones. Hechos que, muchas veces, se toman por simples agresiones, y que luego derivan en daños mayores.

Estas conductas subyacen en la pérdida del control masculino, un efecto de la impotencia, un mandato de la masculinidad, una patología; en fin, un cóctel peligroso que conlleva a cometer actos criminales. La principal causa de la violencia es el afán de dominación. “La maté porque era mía”, es un extremo casi cotidiano. Creer tener derechos sobre otras personas consideradas más débiles, no tiene moral ni principios, pero sí valores culturales heredados, latentes, manifiestos e incluso aceptados socialmente. Considerar que la mujer tiene menos derechos que el hombre es ya una agresión y llevarlo a la práctica es un acto tóxico de violencia y no solo sicológica.

Los instrumentos de dominación y sumisión se reproducen por generaciones y es común escuchar decir al macho, “porque las cosas son así y punto” sin derecho a cuestionar, ni poner en duda esos “privilegios” y menos a reclamar con vistas a una mínima reivindicación. En estos casos se agacha la cabeza y se obedece, porque la represalia puede ser trágico.

La falta de respeto por la igualdad de género se manifiesta en prácticas y conductas cotidianas, en el lenguaje mismo y hasta en las bromas a las que todos estamos obligados a aceptar para ser incluidos socialmente. Una complicidad que legitima esta relación y nos enferma.

Hasta julio de 2020 se han registrado 19.233 embarazos de niñas y adolescentes en el país. A pesar de las recomendaciones de la Organizaciones Mundial de la Salud, entre otras, a que los estados debían dar prioridad a este tipo de situaciones de violencia física y sicológica por el confinamiento. Las consecuencias a largo plazo podrían ser muy complejas, desde los social, económico, laboral y educativo.

Los feminicidios no dieron tregua y en los dos primeros días del año nuevo se produjeron tres decesos de mujeres, a manos de sus parejas, en Villa Bush (Pando), Montero (Santa Cruz) y Villa Pagador (Cochabamba).

No es hora de asombrarnos, ya no. Una sociedad patriarcal seguirá utilizando las mismas armas y renovados métodos para no perder el poder sobre sus víctimas. Es hora más bien de desnudar su monstruosidad y hacer justicia mediante las instituciones y las leyes, exigiendo a quienes la instrumenten una aplicación rigurosa y honesta.

La reivindicación de igualdad de derechos de las mujeres, es una deuda de todos, una tarea urgente por nuestras madres, hermanas, hijas, nietas y compañeras de vida. Un tema que hoy casi todos los postulantes a cargos públicos evitan, desconocen o no toman en cuenta en sus campañas. Es horas de saldar cuentas, porque nadie puede ni debe dormir con el enemigo.

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