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Edmundo Paz Soldán presenta ocho nuevos cuentos en La vía del futuro, donde la ciencia ficción está un poco más anclada a esta época actual. El autor tenía que presentar su libro en Santa Cruz la anterior semana, pero no pudo hacerlo por la pandemia y sus restricciones. EL DEBER dialogó con él.

_Hemos llegado a la época en que estaban ambientadas algunas películas: Blade Runner ocurre en el 2019, Mad Max se ubica en 2021, Soylent Green en 2022, Children of Men sucede en el 2027. ¿Cómo ves ese futuro que proponían estas películas con lo que sucede ahora?

La ciencia ficción, como está interesada en narrar historias ambientadas en el futuro, muchas veces se le reclama una capacidad visionaria que a veces se convierte en una especie de obligación predictiva, y si te fijas en la historia de la ciencia ficción, hay pocos autores que realmente hayan acertado en sus predicciones, porque la ciencia ficción también está dialogando mucho con el presente.

Si aparecen una gran cantidad de distopías en los últimos 10 o 20 años es porque en esta época es cada vez más difícil pensar en un futuro amable para la especie o en una utopía para la sociedad.

Yo creo que una cosa como la pandemia, por ejemplo, no estaba necesariamente en los grandes planes de la mayoría de estas novelas. Eso ha cambiado nuestro presente, nos ha metido en una especie de presente congelado que también nos está cuidando mucho de imaginar el futuro.

Quizás lo que más me interese actualmente de la ciencia ficción no sea su capacidad predictiva sino su posibilidad de narrar de manera desplazada sobre las ansiedades del presente y también ayudarnos a articular una posible imaginación sobre lo que se viene.

_A diferencia de Iris y de Las visiones, La vía del futuro está bastante anclado a este presente, se podría decir que es un libro bastante realista con matices tecnológicos sobre cosas que ya están ocurriendo…

Sí. Por ejemplo, en el cuento de la muñeca japonesa, parte de la investigación era tratar de rastrear las formas en que estos androides de compañía han evolucionado en los últimos 20 años. Aunque no lo digo en el cuento, los tres o cuatro modelos diferentes que van apareciendo son parte de la historia de los avances de la tecnología en estos últimos años. En ese sentido, es un cuento bastante histórico.

La idea era darle un toque desfamiliarizador para que pareciera que es algo que viene del futuro, pero es una especie de trampa porque es algo que ya ocurrió.

Creo que en la mayoría de estos cuentos hay esos juegos, dobles juegos que a mí me interesan mucho en la ciencia ficción. Tengo mucha curiosidad en ver lo que va a pasar en el 2050 pero me interesa mucho más usar la ciencia ficción para tratar de entender qué es lo que está pasando hoy.

_Otro tema que tocás es el de la precarización laboral, ya sea en una selva boliviana como en la carrera de letras de una universidad gringa...

Pienso que es importante el posicionamiento en cuanto a no tener una idea en la que de pronto estos avances tecnológicos son una panacea para las sociedades o los individuos. No es necesario ser antitecnológico, pero también hay que ver cómo el capitalismo es capaz de reinventarse para utilizar muchos de estos avances para explotar a la gente de la mejor manera posible. Nos hemos metido en un gran pozo los últimos 30 años en los que se han vivido una gran exacerbación de las desigualdades sociales. Creo que no solamente a través de la ciencia ficción sino también la novela realista y la novela policial podrían ser diferentes formas de indagar en ese tema.

El último cuento del libro es el que quizás me concierne más, porque tiene que ver con el lugar cada vez más mínimo de las Humanidades en nuestra sociedad y el hecho de la gran precariedad con que muchos estudiantes de las universidades se enfrentan: ya no hay trabajo y están desapareciendo disciplinas enteras.

Lo mismo en el cuento de la selva, El señor de la palma, esas son también otras formas de explotación en las que el empleador aparece con su mejor rostro a través del holograma. Ahí aparece la filosofía del emprendedurismo y del branding personal, que se ha convertido y es una de las formas en que el neoliberalismo trabaja el día de hoy.

_¿Cómo ves el panorama frente al poder que tienen actualmente las religiones y el actuar que tuvieron en esta pandemia, donde fueron protagonistas de campañas antivacunas?

Bueno, yo reconozco que fui muy ingenuo cuando era adolescente o estaba en la universidad y pensaba que cuando había cambios sociales o tecnológicos la sociedad iba volviéndose cada vez más racional o más secular y que la religión iba a tener un lugar cada vez más marginal. Pero la historia no avanza de manera lineal, avanza de manera cronológica pero no necesariamente lineal. Puede ser que los cambios tecnológicos más bien provocan una reacción hasta atávica de la gente que busca algún tipo de consuelo con la religión ante un mundo que no entiende. De forma paradójica, son estos avances de la ciencia y la tecnología los que provocan una mayor exacerbación y presencia de las religiones o también del deseo de tener una conexión espiritual en el ser humano en el presente, cuando ves un futuro tan nublado a pesar de estos avances. Yo creo que eso no va a cambiar, es más, viendo lo que está ocurriendo en Estados Unidos se va a exacerbar. A mí me interesa que la cosa no sea tan esquemática, por ejemplo, lo racional contra lo espiritual. Con las máquinas yo también tenía esa idea ingenua de que los avances científicos o tecnológicos representan este lado más racional dedicado al logos del ser humano, pero me doy cuenta la cantidad de conexión espiritual y religiosa que tenemos con ellas. Eso para mí era fundamental. Pasamos tantas horas con nuestras máquinas, celulares, computadoras, que no es extraño que comencemos a desarrollar una relación intensa afectiva e inclusive espiritual con ellas. En un mundo así no sería nada extraño que la inteligencia artificial se convierta en una especie de religión, porque al final es aquello que nos da respuesta a desde porqué te duelen los dientes hasta cómo podría encontrar una pareja.

Acabás de anunciar para abril un nuevo libro, la novela La mirada de las plantas, ¿cómo nace esta obra?

Es una novela ambientada en la frontera entre Bolivia y Brasil, en la zona amazónica en Bolivia, en un pueblo literalmente a cinco minutos de la frontera. A mí me interesaba combinar este paisaje de la selva con alguna cuestión tecnológica, que en el caso de esta novela es la realidad virtual.

Es un tropo de la ciencia ficción: el científico loco que está tratando de experimentar con la realidad virtual porque tiene una especie de sueño. En la novela una compañía está creando experiencias de realidad virtual con la que se puede sentir la alucinación que produce una planta sin tener que ingerir el alucinógeno de la misma. Contratan a voluntarios para probar esta tecnología y cuando empiezan a tener malos viajes contratan a un psiquiatra. Me interesaba a darle una vuelta a las novelas de la selva latinoamericanas.

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