18 de agosto de 2022, 4:00 AM
18 de agosto de 2022, 4:00 AM


“Cuando veas pelar las barbas de tu vecino, pon las tuyas en remojo”, dice la sabiduría popular y por algo será. El acoso desvergonzado que hoy está sufriendo el diario Los Tiempos de Cochabamba, lo están padeciendo otros medios nacionales en menor medida todavía. Y, en épocas pasadas, Los Tiempos tiene el triste recuerdo de cuando fue asaltado por las milicias movimientistas y clausurado en 1953, como había sido confiscada La Razón, también por el MNR, un año antes; como fue La Patria de Oruro; o El Diario, decano de la prensa nacional, en tiempos de Torres. Y como han sido agredidos otros periódicos nacionales que cayeron en desgracia ante los coletazos indignados del poder central. Es parte de nuestra Historia, que en democracia no se puede admitir.

Los Tiempos tiene una tradición de principios y convicciones que nacieron con su fundador, el político y periodista don Demetrio Canelas, personaje que estuvo cerca del supremo poder –de la Presidencia de la República– cuando estaba en la primera línea del partido Republicano Genuino, pero que prefirió mantenerse fiel al periodismo, que lo había apasionado desde joven, llevándolo a fundar diarios como La Prensa y La Patria de Oruro, gran periódico del que Canelas fue, además, su director. Se opuso al Tratado de 1904 con Chile y tuvo observaciones serias al Tratado de 1938 con Paraguay, siempre vigilante de los intereses nacionales. Pero el precio que tuvo que pagar el creador de Los Tiempos, fue el de muchos políticos bolivianos, es decir, la persecución y el exilio.

Hoy son sus descendientes de tres o cuatro generaciones, todos fieles al periodismo, son los que luchan a brazo partido para mantener vivo el periódico, que atraviesa por momentos graves, como graves situaciones tiene la prensa independiente en general, que, al no aceptar los mandatos de un gobierno inepto y abusivo, es acusada, simplemente, como opositora. Eso es mortal.

Los Tiempos no podía estar fuera de la mira telescópica del MAS, por la enorme influencia que tiene en Cochabamba y en el resto del país. Su voz resuena por todas partes. Eso resulta intolerable y ofensivo para los mandones de turno. Tampoco podía estar fuera de la mira del MAS, La Razón de La Paz, ese gran periódico de antaño, hoy convertido en sumiso informador de los “éxitos” del Estado Plurinacional. Y obviamente que el MAS se ha preocupado por llevar a su molino periódicos, radios y canales de televisión, que le cuestan mucho dinero, porque, además, hay que comprar colaboradores que no censuren su camino culebrero que tiene en vilo a la nación entera.

Pues bien, siempre recurriendo a las malas artes, a la extorsión, buscando personajes ambiciosos, sedientos de poder, ahora que Los Tiempos está atravesando por una complicada crisis, no solo por el absoluto encono del Gobierno, sino que por el terrible trance que significó la peste china que agobió al mundo y que sigue cebándose en los incautos, se le quiere dar un golpe de muerte. No precisamente matarlo porque eso no les serviría, sino algo peor, degradarlo, humillarlo, haciéndolo pasar a sus filas.

¿Cómo estar donde manda el rey de la coca y de las corruptelas? ¿Cómo poner la cara en defensa de un gobierno donde su vicepresidente incita a la juventud a no asistir a las universidades porque, dizque, son perniciosas? ¿Cómo Los Tiempos van a jugar el triste papel de aquel gran diario que fue La Razón?

La SIP ya ha dado su opinión contundente de pleno apoyo a Los Tiempos. Eso vale mucho, aunque los masistas no saben lo que significa la SIP, como tampoco saben lo que es la OEA ni la ONU ni La Haya. Otros periódicos de América se han mostrado solidarios con Los Tiempos. Y los periodistas nacionales que no reciben sueldo del oficialismo, han dicho su palabra firme en defensa de ese octogenario periódico, pero, además, han hecho notar la emboscada judicial con la que el poder no permite a la familia Canelas vender sus bienes improductivos para pagar a sus trabajadores, ni ordena a la tibia Policía Nacional que saque a los badulaques –interculturales seguramente– que están apropiándose de la Hacienda Canelas, sentando un precedente nefasto que ya lo estamos padeciendo en Santa Cruz, desde hace mucho.

Ese es el feo panorama que asoma a la libertad de expresión y de prensa a Bolivia, en momentos en que las libertades solo sirven para ser leídas, cuando es necesario, en las páginas de la Constitución, folleto que a los actuales gobernantes y asambleístas les importa un pimiento.

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