La fiesta grande de los cruceños, otra vez en el ojo de la tormenta. La tensión se corta en el aire y no es para menos. Así como se ha anunciado su realización con fecha y hora, la inmediata renuncia de varias comparsas a participar y la decisión que ha tomado la soberana del evento, ofrecen un escenario donde el debate está servido.
Quienes se oponen, manifiestan que “no hay nada que festejar” y afirman que Santa Cruz ha sido golpeada con la detención y el encarcelamiento del gobernador Luis Fernando Camacho, y en forma colateral se agrega el sentimiento de maltrato hacia la región, la desidia del Gobierno central, entre otros motivos y razones.
El humor social no está para fiestas y ese sentimiento se generaliza a medida que pasan los días y las cosas.
Así como, a las comparsas tradicionales femeninas y otras de peso histórico, a la reina de la fiesta grande de los cruceños también se le acabaron las ganas de celebrar.
La joven soberana compartió mediante carta y mensaje grabado, un sentimiento de pesadumbre por la situación que vive Santa Cruz y que es compartido por una buena parte de la población carnavalera. No se siente con vitalidad ni energía para contagiar a la gente.
A pesar de la confirmación de la realización el próximo 18 de febrero, a cargo de la Asociación Cruceña de Comparsas Carnavaleras, decenas de comparsas le dieron la espalda y decidieron no participar. La ACCC manifestó que solo aceptarán carrozas y alegorías con la temática ‘Rompamos cadenas’ y que se eliminará la categoría universal; sin embargo, todo eso pareciera no alcanzar.
A modo de protesta, plantearon apelar a la creatividad y demostrar el desacuerdo con “el secuestro de nuestro gobernador”, dijeron.
En la oportunidad aclararon que los tres días de mojazón no son organizados por ellos, sino que son del pueblo, de las comparsas, las fraternidades y de los particulares.
Contra esa corriente apesadumbrada existe otra que reivindica el Carnaval, que a pesar del difícil momento que se vive, no permitirán que nadie les quite la alegría, la picardía y la esencia del ser cruceño, porque forma parte de la cultura, la identidad y la tradición de esta tierra.
Para algunos intelectuales, historiadores y analistas el Carnaval es un hecho social esperado e importante, un megaevento popular que tiene un simbolismo relevante. “Nadie nos va a robar el alma cruceña”, dicen algunos y reivindican las fiestas carnestolendas, asegurando que es el momento de decir lo que hay que decir porque el Carnaval es nuestro.
En este mar de discusiones se conforman razones y sentimientos, argumentos y nuevas interpretaciones de una multiplicidad de realidades que hacen a este, un momento de inflexión.
El ser y el pertenecer, la identidad y la representación confluyen por un río de vida que busca ponerse de pie. Hoy las decisiones tienen lecturas y también consecuencias.
El Carnaval también es una oportunidad para mofarse de la cruel realidad, de los embates adversos, de las vicisitudes sociales, políticas y económicas que se viven y también de nosotros mismos. El ciudadano decidirá libremente participar o no, erigiendo el espíritu cruceño que eleva las manos y sacude el cuerpo. Decidirá salir o refugiarse con amigos, viajar o guardar descanso, celebrarlo a su manera, como sienta su corazón caliente y querendón.
El momento no es fácil, pero es otra oportunidad para decir viejas y nuevas verdades, porque nadie tiene el derecho a quitarle el impulso a una Santa Cruz cada día más imparable.