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El complejo rompecabezas electoral

13 de octubre de 2019, 3:00 AM
13 de octubre de 2019, 3:00 AM

Aparentemente, están puestas en mesa todas las piezas para armar el rompecabezas del nuevo escenario político que debe surgir luego de las elecciones generales, a celebrarse el próximo domingo 20 de octubre.

 Hay nueve binomios, uno de ellos inconstitucional; un padrón electoral de 7.315.364 votantes habilitados y 32.852 inhabilitados; y un TSE con la batuta para disponer el orden de las piezas. Visto así, a la ligera, parece que todo está bien dispuesto para montar ese rompecabezas político boliviano, tras el anuncio del resultado del escrutinio final. Pero nada más alejado de la realidad: lejos de certezas que permitan vislumbrar con claridad el panorama político poselectoral, lo que abundan hoy son dudas, incertidumbre, confusión y hasta supersticiones.

Una mezcla complicada que no permite prever con exactitud lo que vendrá el día después de las elecciones, y menos aún decidir antes, con claridad, a quiénes darles nuestro voto de confianza. Suena a absurdo, sobre todo si consideramos que no estamos frente a unos dilemas surgidos a último momento. 

Ya sabíamos con anticipación, al menos desde 2016, que en estas elecciones generales íbamos a tener que dirimir entre lobos totalitarios con disfraz de demócratas y un rebaño de ovejas disfrazadas de leones supuestamente dispuestas a frenar el ímpetu de los primeros. Lo que no previmos con anticipación fue el errático recorrido de las ovejas, unas por oportunismo y otras por ignorancia pura. Tal vez sobrevaloramos la capacidad del rebaño “opositor” para enfrentar a los lobos, a quienes más bien parecen desear aliarse o emularlos.

Así pues, lejos de ir aclarándose el panorama político para 2020, todo se ha enrarecido. A tal punto, que a solo siete días de los comicios nacionales estamos con un electorado que parece bolita de ping-pong, rebotando con su intención de voto de un frente a otro, más por la necesidad de descarte que por convicción. 

Que lo sepa cada uno de los que dicen ser candidatos de oposición al binomio oficialista impuesto contra la voluntad popular y la Constitución: la mayoría del voto que obtengan el próximo domingo será inspirado en el voto castigo al par masista, antes que en el carisma o capacidad que creen tener. Será un voto antievoálvaro marcado por el empute, la frustración, la impotencia y, en no pocos casos, por la superstición o una radicalidad que también tiene mucho de ignorancia.

Será una votación sui géneris y de impacto aun difícil de prever, dado el movimiento loco de las piezas de este rompecabezas electoral. Un rompecabezas alterado cada momento por un tribunal electoral que saca y pone piezas al antojo del contendor oficialista, como lo ha hecho al modificar normas, reglas e incluso el orden o secuencia del proceso.

No es ajeno a esta alteración del juego el hecho de que validara algunas renuncias, candidaturas y omisión en el cumplimiento de deberes y obligaciones de los actores claves del proceso electoral.

Tampoco se puede obviar el peso que tiene en esa alteración la inconsecuencia de una gran parte de las elites empresariales e intelectuales, a las que poco les importa la defensa del bien común, de la vida en democracia y de la vigencia del estado de derecho. 

Han demostrado, y lo siguen haciendo hoy, que viven muy bien al amparo de un régimen que les permite seguir haciendo negocios (incluso vendiendo “ideas”), mientras que dejen de lado toda y cualquier reivindicación como sujetos políticos.

Unos y otros han contribuido a desordenar las piezas del rompecabezas nacional, una y otra vez. Todos se han sumado al juego perverso de confundir a los electores, con la idea fija de seguir revolviendo el río (o las piezas del rompecabezas) para continuar sumando ganancias de pescadores.

Solo nos resta una semana para juntar todas las piezas, pillar las que están perdidas u ocultas, hasta lograr claridad frente al tablero. Una semana para ver si somos capaces de elegir y no apenas votar. Una semana para definir un nuevo futuro o para resignar el sueño de otro país posible.

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