8 de mayo de 2022, 4:00 AM
8 de mayo de 2022, 4:00 AM

Quien llega al país no logra comprender cómo es que, pese a la imperiosa necesidad de sortear la crisis económica, hay bolivianos que insisten en causar un daño colectivo bloqueando las carreteras. Las razones son de lo más variadas, pero es insólito que se cierre una vía troncal por problemas en una escuelita, por ejemplo, sin tomar en cuenta que el costo/beneficio deja a todo un país con graves perjuicios.

De acuerdo con los reportes de la Fundación UNIR, en Bolivia se han registrado 262 conflictos solo durante el primer trimestre del año. De esos, 38 implicaron bloqueos de carreteras, principalmente en regiones del eje central del país, desde y hacia donde se dirigen los mayores cargamentos de alimentos y productos para el comercio dentro y fuera del territorio nacional.

¿Cuánto le cuestan los caprichosos bloqueos a Bolivia? Los empresarios cuentan el daño por millones de dólares, porque se pierden mercados y también se echan a la basura verduras y hortalizas, o se mueren pollitos bebés, como ya se ha visto en innumerables ocasiones.

El transporte pesado mueve 500 camiones al día por las rutas del país, por lo que un bloqueo repercute hasta en la salud de los conductores. Ni qué decir de productos como la soya, los aceites y otros tantos productos que se venden a mercados internacionales y que generan ingresos para el país.

Lamentablemente, el bloqueo de caminos es una estrategia dañina, no tanto para el Gobierno, la alcaldía o la gobernación que recibe la protesta, sino para el ciudadano y el país.

 Los cocaleros abrieron el surco, con cierres de la ruta troncal entre Santa Cruz y Cochabamba que llegaron a durar meses. Ahora se replica la medida ante la indiferencia de dirigentes que buscan un beneficio personal o sectorial, pero que olvidan el interés de la patria.

También hubo bloqueos criminales, cuando grupos sociales afines al MAS impidieron el paso de oxígeno a la sede de gobierno, durante la pandemia, causando la muerte de pacientes.

Los bloqueadores son tontos útiles que, a cambio de una prebenda, salen a cortar las rutas, sin darse cuenta de que contribuyen a generar un Estado fallido, un país que no merece confianza porque sus carreteras no son expeditas y no se sabe cuándo van a ser cortadas; un país con maravillas para el turismo, pero que no puede atraer visitantes porque, si llegan, no tienen certeza de cuándo se irán pues siempre existe el riesgo de que sean trancados en algún punto por quién sabe qué reivindicación.

En realidad, ese millonario costo debería ser cargado a los dirigentes sindicales que no tienen estrategias y que viven tan metidos en sus propios intereses que no logran ver cómo dañan a Bolivia. También debería pagar la factura el Estado, a través de sus instituciones nacionales, departamentales o locales, porque en un país tan conflictivo como Bolivia, no hay procedimientos para atender las demandas por la vía de la conciliación.

 Es más, muchas autoridades miran de palco cómo se va gestando la protesta y recién la atienden cuando estalla y lleva varios días o semanas.

Alguien pintó a Bolivia como un mendigo en silla de oro. La imagen se refería a las innumerables riquezas que tiene el país, sin que sus habitantes sepan explotarlas y beneficiarse con ellas. Pues bloquear las rutas es una cruel manera de lucir los harapos, mientras se cortan las posibilidades de generar riqueza y trabajar por días mejores.

Ojalá que las cifras de la conflictividad no sigan en ascenso. Ojalá que Santa Cruz (la tierra más productiva del país) deje de ser el epicentro de los bloqueos. No es justo castigar así a quien ha encontrado la fórmula de avanzar a pesar de las cortapisas que impone el Gobierno.