16 de junio de 2023, 4:00 AM
16 de junio de 2023, 4:00 AM


En los últimos días los titulares de la prensa reflejan la exacerbada polarización política en la que estamos viviendo: una cobarde agresión a una asambleísta en la vía pública; declaraciones de una dignataria de Estado, calificando de “inquilinos” a “unos”, lo que supone que los “otros” vendrían a ser los propietarios del país; y antes que en un debate de ideas, dos escritores zanjan -a golpes- sus diferencias en la feria del libro.

El efecto de los contenidos contrapuestos sobre el cerebro es similar al de las drogas: engancha. Nos hacemos “adictos” a los posicionamientos extremos. La polarización enfanga la vida colectiva. Se cierra filas en torno a unas creencias o liderazgos, brota un sentimiento de pertenencia hacia los nuestros, pero, también de rechazo, y hasta odio, hacia los oponentes. Se genera una confrontación entre “ellos” y “nosotros”. Para estos estados poco importan las razones o los datos. Somos capaces de justificar casi cualquier cosa o a cualquier persona siempre que esté en nuestro bando.

Divergencias y discrepancias han existido siempre, pero no en los niveles de provocar polos opuestos que hacen difícil la convivencia pacífica y civilizada. La polarización se nutre de las diferencias sociales, las desigualdades económicas, los credos religiosos, las cuestiones identitarias y culturales que se agravan cuando hay un clima de frustración y falta de perspectivas de los miembros de una sociedad.

El relativismo posmoderno, la fractura social y la realidad alternativa construida sobre posverdades imposibilitan consensuar un diagnóstico sobre el momento actual de la economía. Pero, los innegables síntomas que se perciben en las calles -escasez de dólares, aumento de precios, especulación- señalan que estamos frente al fin de un modelo económico que hace aguas y aviva la angustia y la incertidumbre de lo que vendrá.

A este clima enrarecido se le suman: un bombardeo desinformativo de propios y extraños; manipulaciones de hechos y cifras con intenciones dudosas; exageraciones y medias verdades de parte de voceros oficiales; declaraciones y posiciones radicales, racistas y xenófobas; ataques personales, judicialización y criminalización del oponente.

No se vislumbran espacios neutrales para la confrontación de ideas y tampoco el interés de los actores políticos para dedicar tiempo a resolver los problemas reales de la ciudadanía. Aunque falta mucho para convocar a la gente a las urnas, se han electoralizado todas las actividades públicas. Ante la falta de una real oposición política, el propio Gobierno ha forjado una oposición dentro de sus filas y, salvo que aparezca una alternativa diferente, el panorama electoral se definirá entre los que han estado en el poder en estos últimos cuatro lustros.

Este desquiciado enfrentamiento político -cebado por algunos medios de comunicación- no está permitiendo debates reales que atañen a los auténticos problemas a resolver. Las discusiones radiales y televisivas parecen tener el objetivo exclusivo de generar polémicas innobles, oportunismos coyunturales, arrancar declaraciones y pronunciamientos para fabricar titulares y aumentar la audiencia con los aspectos más llamativos -aunque sean secundarios-, con el fin comercial de provocar asombro o escándalo.

Dentro de esta infantil polarización, a nadie se la ha ocurrido que el momento actual exige la búsqueda de grandes acuerdos nacionales, en torno a necesarias reformas que eviten una mayor depauperización de las frágiles estructuras que sostienen la economía; la urgente transformación de la administración de justicia; el mejoramiento de los servicios sanitarios y la educación fiscal; y el aliento a las inversiones privadas, que sumadas a los fondos públicos, puedan revertir la situación.

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