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El día después

Alfonso Cortez 23/10/2020 05:00

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Luego de los comicios, tenemos un presidente oficialmente electo, y en algunas semanas más, la posesión de un gobierno que administrará el Estado hasta el 2025, año en el que se celebra el bicentenario de la declaración de la independencia de la República. Más allá de las sorpresas, decepciones, negaciones, enojos, angustias, alegrías o júbilos de los electores, el resultado de este evento es una realidad que debemos aceptar democráticamente y aprender de esa experiencia.

Después de vivir un largo periodo bajo un régimen hegemónico y autoritario, en este veranillo democrático, la elección soberana del pueblo en las urnas, le ha dado al MAS -encabezado por nombres distintos-, la posibilidad de volver al poder. La oposición al masismo, fragmentada y confrontada, perdió la oportunidad de tomar las riendas del país, aunque frágilmente, recompuso los contrapesos en el parlamento.

Son muchas y variadas las explicaciones para intentar entender el voto del ciudadano. En los pocos meses del gobierno de transición se mostró que los nuevos administradores del erario público no habían sido tan diferentes de sus antecesores. Los constantes cambios de ministros y colaboradores de la presidenta fueron señales negativas de deficientes desempeños, y, en algunos de ellos, con sombras de presuntos hechos de corrupción. Sumado a esto, la presidenta transitoria nunca debió ser candidata. Suficiente responsabilidad tenía con administrar la transición y enfrentar una inesperada crisis sanitaria que complicó aún más su trabajo.

La oposición al MAS, no solo no tuvo la grandeza y habilidad de construir un frente único, sino que fue incapaz de seducir a los electores con propuestas que enamoren. Sus discursos -mesiánicos y ensoberbecidos-, sembraron miedo y polarización, exacerbando regionalismos, sumados a una explosiva mezcla de delirios y fundamentalismos religiosos. La intolerancia y el fanatismo que se vivían en las redes sociales hacían recuerdo a las arengas y peroratas de los anteriores mandatarios, de quienes se suponía que estos nuevos actores debían diferenciarse. Además, en un “país abigarrado”, candidatos elitistas, sin contenido ni base social, y sin el tiempo ni las condiciones para sentar presencia territorial, terminaron encapsulados en una burbuja digital citadina o en espectaculares, pero, infructuosas caravanas.

Por el contrario, como lo demostró un reportaje de la periodista tarijeña Ma. Silvia Trigo, el MAS habló con la Bolivia profunda, la que terminó dándole la victoria: “En los 38 días de campaña, Arce se reunió con federaciones campesinas, mineros, artistas, visitó ferias y mercados. Fue a todo el país, campo y ciudades (…) Mesa estuvo en pantallas, Camacho en caravanas y Arce en caminatas”. Sumado a esto, la economía del ciudadano, golpeada por la pandemia, generó reminiscencias de la bonanza económica de la cual gozó el régimen anterior.

El presidente electo, acompañado de una respetada figura en el mundo indígena, tendrá que administrar un país sumido en una profunda crisis económica, con un deterioro institucional heredado y con una asamblea en la cual deberá buscar consensos. Además, lidiar con conflictos internos en su partido y evitar ser una marioneta de la cúpula anterior, envuelta en procesos penales que ya no se pueden ocultar. La oposición tiene cinco años para construir organizaciones políticas sólidas que puedan hacer frente a la actual hegemonía masista y aspirar a una alternancia en el poder.

Los bolivianos debemos hacer el esfuerzo de conocernos y entendernos. Liberarnos de prejuicios y hacer que nuestras diferencias, en lugar de alejarnos, sean nuestras fortalezas y nos complementen. Hay una Bolivia, más allá de nuestro pequeño núcleo, que también sueña con un mejor futuro para sus hijos y nietos.