9 de noviembre de 2021, 5:00 AM
9 de noviembre de 2021, 5:00 AM


Ayer se cumplió el paro de los comerciantes, transportistas y cívicos en el país. La medida se acató de diferentes maneras en cada ciudad, con más éxito en Santa Cruz que en otras regiones, mientras en la Asamblea Legislativa un enojado Luis Arce daba su informe de gestión con el mismo discurso confrontador que culpa de los males del país a la “derecha golpista”, con la mirada en el pasado.

Como en todas sus alocuciones públicas desde que asumió el mando del Estado, Arce ha demostrado que es rehén de su relato reiterativo, que da vueltas sobre lo mismo y no logra encontrar una tangente para salir del círculo vicioso en el que él mismo se ha entrampado a fuerza de insistir sobre su teoría del “golpe de Estado” y ahora compararse milímetro a milímetro, cifra con cifra con la gestión de la presidenta Jeanine Áñez, a la que él llama “gobierno de facto”.

En cada una de sus comparaciones de ayer era obvio que la perspectiva de los números y de la economía serían mejor con Arce que con Áñez por una sencilla razón: la comparación era entre un año con pandemia y cuarentenas rígidas con otro año en que las cosas prácticamente volvieron a la normalidad, y no solo en Bolivia, sino en todo el mundo. Eso, independientemente de los méritos o errores de cada gestión, es indudablemente un factor de distorsión que el presidente ignoró durante su presentación.

En el discurso se vio a un Luis Arce desencajado, compitiendo por momentos a gritos con el bullicio que frente suyo provocaban sus adherentes con consignas de apoyo y los opositores con rechiflas y bulliciosos pitos. En la televisión se observó a un presidente a quien le perdieron completamente el respeto, mientras el canal del Estado hacía malabarismos cambiando el audio de origen y ecualizando el sonido para intentar disminuir los silbatos de protesta.

Malhumorado, apurado, incómodo, molesto, Arce leyó un discurso kilométrico de esos que parecen que nunca fueran a terminar. De mitad de su lectura hasta el final, parecía faltarle la voz y hasta las tribunas parlamentarias se mostraban cansadas y optaron por callarse.

Un discurso presidencial no necesariamente tiene que durar tanto tiempo, por muy informe de gestión que se trate, porque lejos de concentrar atención provoca cansancio, como le pasó ayer a Arce.

Antes de él, el vicepresidente David Choquehuanca repitió su discurso conciliatorio de hace un año y del 6 de agosto, proclamando el debido proceso de la justicia, el respeto al que piensa diferente, la complementariedad y la armonía.

Mientras Choquehuanca hablaba, varios sectores estaban en ese mismo instante en paro en el país porque entienden que no se escucha al que piensa diferente, y en las calles la Policía levantaba bloqueos y permitía la acción de grupos de choque encapuchados que salieron a provocar y golpear a quienes ejercían su legítimo derecho a la protesta.

Al final de la jornada, no hubo ninguna señal de apertura al diálogo ni de anuncio oficial para revisar las leyes que llevaron a varios sectores a la protesta en las calles, y quedó instalada en el país una vez más la lógica de la confrontación que abre las puertas a la violencia.

El presidente Arce parece no ser consciente del peligroso rumbo que podría tomar el país si se persiste en la idea de gobernar sin escuchar y de ignorar que la otra mitad del país que no lo apoya también son bolivianos y tienen derechos, comenzando por el derecho a pensar diferente.

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