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10 de julio de 2023, 4:00 AM
10 de julio de 2023, 4:00 AM

Por Carlos Guevara Rodríguez, Columnista Circunstancial


Existe la idea de que una Constitución Política del Estado es la solución a los males que enfrenta un país, asegurando ésta el Estado de derecho y la democracia. Ojalá fuera tan simple. Redactar una Constitución es fácil en comparación con asegurar la permanencia de una genuina democracia o con gobernar bien y adoptar medidas y políticas acertadas a pesar de que éstas puedan ser difíciles, costosas o impopulares pero necesarias.

Es por eso que es comprensible que la idea de una Constitución como la gran solución a los males de un país sea tan seductora. Qué modelo de gobierno es el mejor y cómo gobernar de la mejor manera han sido preocupaciones de la humanidad desde que ésta conformó sociedades lo suficientemente complejas como para requerirlas. Si tan sólo tuviéramos la Constitución “correcta” habríamos solucionado estos problemas. El último en ser seducido por esta idea es el expresidente Sánchez de Lozada.

Lamentablemente la experiencia demuestra que la existencia de una Constitución, por más sabia que ésta fuera, no garantiza el desarrollo y bienestar de una sociedad ni la permanencia de la democracia. Es más, parecería que lograr el desarrollo y una genuina democracia está en inversa proporción al número de constituciones que tiene un país: cuantas menos constituciones más desarrollados y democráticos son y cuantas más constituciones menos desarrollados y democráticos. El ejemplo más ilustrativo es el de EEUU: desde que adoptó su Constitución en 1789 no la ha cambiado por otra, si bien la ha reformado. ¿Cuántas constituciones ha tenido Bolivia? ¿Cuántas constituciones han tenido otros países de la región?

A tal punto es cierto que una Constitución no es necesaria para lograr niveles de bienestar material altos y un Estado de derecho genuino, que dos de los países más emblemáticos en ese sentido, el Reino Unido e Israel, no tienen una Constitución.

En esta materia es aleccionador recordar la Revolución Nacional de 1952, la cual fue una verdadera revolución. Las medidas que llevó a cabo cambiaron profundamente al país, dando lugar a la incorporación por primera vez a la vida nacional de la población originaria que componía aproximadamente dos tercios de la población total. Para hacerlo no necesitó promulgar una nueva Constitución.

El polo opuesto fue el Gobierno del MAS. Los cambios que introdujo en su Constitución fueron de forma, no de fondo. Su “proceso de cambio” introdujo cambios, pero cambios para peor. Para colmo y para culminar con la trivialización de la Constitución, Evo Morales violó su propia Constitución al intentar eternizarse en el poder a pesar de la prohibición explícita en la misma de hacerlo. Ese intento sólo fue posible de realizar al haber violado otro de los preceptos constitucionales básicos para un verdadero Estado de derecho: la independencia de los poderes, en este caso tanto el poder judicial como el poder electoral.

De nuevo el caso de EEUU es ilustrativo. Donald Trump, el presidente estadounidense anterior al actual, intentó aferrarse a un segundo mandato desconociendo la victoria de Joe Biden, intento que culminó en la toma del Congreso por sus bases por unas horas para impedir que se formalice la victoria de su contrincante. Cuando fue llevado a juicio por esos hechos en el Congreso fue exonerado por sus correligionarios en el Senado.

El proyecto de Constitución de Sánchez de Lozada pretende garantizar “el imperio de la libertad y la equidad social, en el marco de la democracia, por encima de los avatares políticos”. Esto sería logrado a través de “mecanismos para proteger la estabilidad política y evitar que la lucha por el poder se desarrolle al margen de la democracia y sus instituciones”. Todo con el propósito de defender “la libertad y la democracia del asedio del autoritarismo”.

Tristemente, ni la Constitución propuesta por Sánchez de Lozada ni ninguna otra pueden garantizar la libertad, la democracia y el bienestar material. La Constitución no es una intervención exógena divina, no puede recurrir a un poder más alto para hacerla cumplir. Tampoco puede por sí misma hacer cumplir sus preceptos. Si los gobernantes no están dispuestos a regirse por la Constitución, no hay Constitución posible que aguante.

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