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30 de enero de 2024, 3:00 AM
30 de enero de 2024, 3:00 AM

Hernán Terrazas E.

La oposición, tal y como la conocemos hoy, acompaña el fin del ciclo del MAS. Se trata de desenlaces históricos que corren paralelos y corresponden a un período determinado de la historia democrática que se desarrolló en el último cuarto de siglo. Si el MAS se quedó sin ideas y perdió el sentido del proyecto con el que sedujo al país hace 18 años, en todo ese tiempo la oposición tampoco ha conseguido fortalecer un liderazgo y construir una propuesta alternativa, salvo la que surge de la contradicción con el gobierno.

Podría parecer que enfrentamos un vacío peligroso, pero en realidad el país está ante la oportunidad de poder superar disyuntivas útiles para la confrontación, pero divorciadas de la realidad, como aquella que nos propone escoger entre la izquierda y la derecha, sin saber bien cuáles son las diferencias reales y de fondo entre ambos discursos. Años de una tiranía de conceptos encontrados posiblemente hayan sido el principal factor para el empobrecimiento del diálogo democrático, una enfermedad contagiosa y funcional al interés del gobierno por perpetuar un debate del que por lo general ha salido victorioso y en el que la mayoría de los opositores han quedado entrampados.

No en vano, los únicos momentos de resistencia interna a las decisiones o imposiciones gubernamentales han tenido que ver con movimientos fuera de la órbita tradicional de las organizaciones políticas. El rechazo a la construcción de una carretera por el Tipnis y la lucha por impedir la consumación del fraude electoral en 2019 que empujó la renuncia de Evo Morales fueron dos episodios en los que la sociedad, espontáneamente organizada, influyó en los desenlaces. En ambos casos los liderazgos fueron colectivos y los partidos no tuvieron un papel relevante.

Para el Movimiento Al Socialismo mantener la contradicción en un plano partidario o de liderazgos visibles fue una apuesta estratégica inteligente porque de esa manera eligió a los adversarios con los que podía funcionar mejor un esquema de polarización como el que se planteó desde los primeros días del gobierno de Evo Morales.

Mantuvo en el espacio de la “pelea” a quienes podían ser más fáciles de neutralizar o derrotar, como los ex mandatarios que se ajustaban a un papel negativo que involucraba, sobre todo, el haber sido parte de las corrientes neoliberales – atanizadas incluso por los medios- o de gobiernos con alguna responsabilidad en la muerte de civiles. Las victorias aplastantes en sucesivos procesos electorales, a excepción del de 2019, confirman la eficacia de esta estrategia.

La decadencia del MAS y su división también es la de la oposición. Sin subestimar la relevancia del aporte personal de los líderes opositores más conocidos, también ellos son la expresión de una época con la que aparentemente el ciudadano ha decidido romper. La gente abandona los marcos narrativos que moldearon y explicaron la historia reciente, y eso es algo que afecta por igual a todos los actores que fueron participes, en un bando o en el otro, de la misma trama.

El fin de los ciclos es una suerte de corriente que lo envuelve todo, incluso el lenguaje. En ese sentido, la boliviana es una sociedad que tendrá que aprender a hablar un nuevo lenguaje democrático, con palabras que estrenen sentidos a la luz de las necesidades de una generación diferente de electores. Así, el fin puede transformarse en principio.

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