10 de febrero de 2022, 4:00 AM
10 de febrero de 2022, 4:00 AM


Varias veces me he preguntado si los políticos piensan en cómo pasarán a la historia o son cortoplacistas; es decir, actúan pensando en la coyuntura y en lo que podría pasar con ellos en los próximos años. Se olvidan, o no saben, que un día morirán, pero sus actos seguirán repitiéndose en los textos de historia y ese es el verdadero juicio final, uno que no tiene que ver con la religión ni las teorías sobre la vida después de la muerte.

Cuando los errores, o defectos, son mayores que los aciertos y virtudes, son los que pasan a la historia y se quedan en la memoria colectiva. El paradigma boliviano de esa regla es Mariano Melgarejo cuyo solo nombre evoca maldad, grosería y atropello, aun para aquellos que jamás leyeron sobre él.

De Banzer o García Meza no se recuerda nada bueno. Son los modelos de la dictadura militar. Otros, como Aniceto Arce, lograron pasar a la historia con buena imagen, pero los investigadores los están desenmascarando poco a poco.
¿Cómo pasará Evo Morales a la historia? ¿Será el transformador, segundo Pachakutec, líder de un proceso de cambio o bien el que pasó por alto la voluntad popular expresada en un referendo? ¿Se lo recordará por los avances registrados en su gobierno o por su conducta sexual, en la que predominan sus relaciones con jovencitas?

Lo que yo vi, de cerca, es el paso de los políticos de mi región. Hubo un hombre que llegó a ser muy poderoso, Gonzalo Valda, pero que se vio involucrado en un fraude electoral, el de Maragua, que lo persiguió toda su vida. Cuando murió, por el covid, fue lo primero que se recordó en Potosí.

Los prefectos y gobernadores tuvieron un paso más bien discreto. La mayoría pasaron al olvido, pero otros dejaron marca como, por ejemplo, el prefecto Daniel Oropeza por haber inaugurado el sistema de captación de agua potable del río San Juan o, más reciente, el gobernador Juan Carlos Cejas, que se atrevió a recuperar los restos de Carlos Medinaceli. A este último hay que reconocerle que, cuando el pueblo le pidió su renuncia, en medio de la crisis de 2019, no dejó pasar ni un día y dejó el cargo.

Ahora, en cambio, los potosinos tenemos un gobernador, Jhonny Mamani, que se agarra del cargo con uñas y dientes pese a que me dijo, en una entrevista, que renunciaría si se encontraba irregularidades en el sospechoso proceso de compra de 41 ambulancias.

Se encontró irregularidades como para empapelar el despacho del gobernador, pero él sigue en el cargo. Mas aún, ha movilizado a las organizaciones campesinas que controla para que estas le expresen su apoyo. Mientras, las denuncias en su contra se acumulan en la Fiscalía y la sociedad civil, representada por el comité cívico, le pide su renuncia.

El escándalo de las 41 ambulancias, que va aparejada con otras compras sospechosas, es, de lejos, el más escandaloso en la historia de la Gobernación potosina con autonomía, pero Mamani no parece darse cuenta.

Sin tomar en cuenta el desenlace de esta historia, su juicio final ya parece tener veredicto: es el gobernador con la mayor mancha de corrupción hasta el presente.

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