27 de julio de 2023, 4:00 AM
27 de julio de 2023, 4:00 AM


Siempre la izquierda tuvo mejor propaganda. Su narrativa es, para sus fanáticos, hipnótica y cae en la religiosidad irracional. Ellos son los solidarios, los que luchan por los trabajadores. Los que, desde el Estado, con plata de los contribuyentes, claro, nunca con sus propios ingresos, generan subsidios, bonos y, como falsos gladiadores, persiguen a los ricos, por ser ellos el rostro del mal, de la avaricia y de la explotación capitalista.

Este marketing del desprestigio ha logrado ubicar la narrativa de los izquierdosos en sitiales morales realmente envidiables y ha ubicado a los derechistas en los sótanos de la ignominia. Ellos son la lumbrera, los iluminados, los pobres, los desvalidos y, por supuesto, los que deben ser redimidos con poder y gloria.

Los otros en cambio, son los grandes abusadores y explotadores mercantilistas. A quienes, por supuesto, debemos “eliminar” y “combatir”. Su jerga belicista, arropada de la consabida y hueca “revolución”, los encumbra como líderes sociales justos. Y, de hecho, son tan descarados que suman a su propaganda el concepto de democracia. Una completa jerigonza mental. No olvidemos –nunca– que la democracia formal de Occidente pasó a ser la despreciable democracia burguesa para los marxistas.

De hecho, según ese mismo criterio, el socialismo asienta sus bases en una igualdad utópica milenariamente absurda. De ahí que hubo célebres países socialistas fallidos liderados por estos comunistas de cafetín. Pero no contentos con su espectro propagandístico, decidieron apropiarse del concepto de democracia. Y orondos lo usaron como apellido: la República “Democrática” Alemana de la Guerra Fría que, literalmente, junto a sus socios soviéticos, se cargaron a millones de ciudadanos que sólo buscaban libertad. Ahí entra también Argelia, Congo, Corea del Norte, Etiopía, entre otros países como Nicaragua, Cuba, Venezuela, China, donde, específicamente, no existe ninguna igualdad ni transparencia y menos libertad, en sus revoluciones democráticas y culturales.

La izquierda es una gigantesca y multimillonaria maquinaria de marketing, obviamente, en beneficio de sí misma. Y, de manera denodada, se ocupó de desprestigiar a la derecha que casi ningún opositor a las políticas marxistas se atreve a “ubicarse” a la diestra del escenario político. Han generado un trauma mental. Ahora sólo basta decirle a una persona que es de derecha para insultarlo, denigrarlo y calificarlo como inmoral. ¡Vaya desfachatez!

Este trauma debe ser superado. Debe ser asumido con madurez y solvencia frente a esta recua de socialistas trasnochados. Se debe perder el temor de saberse de derechas. De defender la propiedad privada. De fortalecer la economía, haciéndola competitiva y no utilitaria para una secta de comunistas angurrientos de poder. Y, sobre todo, de salir a defender la libertad de acción, de opinión, de emprendimiento y de generación de bienestar.

De hecho, ya en sí la clasificación de izquierdas y derechas es anticuada. Norberto Bobbio plantea que ya no existen ambas tendencias. Una muestra clara se expresa ahora en conceptos nuevos que son los nuevos disfraces de la izquierda global: Ahora son progresistas, inclusivos, ecologistas y una sarta de conceptos que les suena muy bien a todo el mundo, pero que, para efectos reales de acción política económica, son solo saludos a la bandera. Son los más explotadores del medioambiente. Son los más abusivos con las clases trabajadoras y son los más excluyentes en políticas sociales.

El problema, entonces, es que no se trata de que la derecha no exista, sino de que la gente suele imaginarla de acuerdo con el relato “contaminado” de la izquierda.
Sólo los emprendedores individuales, los dueños orgullosos de pequeños negocios familiares, como también las grandes corporaciones, son partidarios del libre mercado, de la propiedad privada, de la generación de empleos, del pago de impuestos y que cooperan activamente con dinero propio y a costa de su riesgo personal con apuestas empresariales, en favor del bien común.

Pero muy difícilmente encontremos a un socialista colaborando con los pobres a costa de su billetera. Generando empleo a riesgo personal. Que reinvierta sus utilidades para hacer crecer sus negocios. Los hombres que persiguen honestamente el beneficio individual han hecho grandes cosas por el bien común y, en cambio, pocas veces quienes dicen luchar por el pueblo han producido importantes avances en favor de la comunidad, como los comunistas.

Unos defendemos la filosofía del esfuerzo individual, de la competitividad. De la libertad. De la creatividad como factor de riqueza. Mientras que los otros se aferran a la envidia y el resentimiento, a la reacción violenta ante el reconocimiento ajeno. Enarbolan las banderas de la mediocridad del Estado. De la servidumbre burócrata a una ideología gastada y putrefacta. Son los retrógrados comunistas con buen marketing.

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