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Opinión

El mercado popular

Gonzalo Lema 25/4/2021 07:12

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Nuestro mercado popular, tan felizmente pleno de significaciones de orden cultural/social/económico y de cotidianas sorpresas valiosas, reclama para sí la urgente instalación de guarderías y prekinders en sus predios, sin excepción alguna, cobijados en el valioso concepto “desarrollo humano” de la ley boliviana. Las unidades deberían ser atendidas por parvularios, por supuesto, para que los pequeños se vayan educando. Ya sabemos cuál sería la fuente presupuestaria municipal.

No sólo eso: por su patio deben pasar, a la simple manera de vagones de un tren largo, esas extraordinarias y útiles ferias de la ropa, del cuero, de la madera, de la artesanía, de la floricultura, y las que buenamente existan, para beneficio del público barrial y propio. Cada feria un mercado distrital. El giro permanente por el circuito de los mercados de la ciudad, viajando y rotando cada quince días de uno al otro, alternando con otras ferias, deberá, necesariamente, generar la economía que siempre les falta, dar movimiento al mercado que languidece en largos días ordinarios y provocar vivacidad al barrio. ¿Acaso esta idea no es buena para los feriantes que esperan, año redondo, a los escasos compradores? ¿Y acaso no deben comprometerse las alcaldías en el cuidado de bebés y niños de nuestros tantos comerciantes? La autonomía municipal debe atreverse a gestionar desarrollo humano y economía para el vecindario.

En las cerca de trescientas cincuenta municipalidades del país recae este alto honor de hacerse cargo de los niños, hijos de los comerciantes que nos facilitan la vida. Por ahora, una innumerable cantidad de ellos juega bajo el tablón de su mamá mañaza, de su mamá verdulera, en el rincón del metro/veinte de sus puestos y pasa una infancia de miseria entre los trapos y detrás de colgandijos chinos. Si seguimos a Mario Benedetti (“No seamos sectarios: la infancia es a veces un paraíso perdido, pero normalmente es un infierno de mierda.”) la vida en los mercados puede ser frustrante recuerdo si no propiciamos mejoras sustanciales. Por todas nuestras ciudades, una legión de comerciantes, hacinados o ambulantes, al interior del predio o en la acera exterior, se buscan la vida con el milagro de la economía diaria. ¿Cómo cuidan a sus hijos? Familias íntegras flotan en torno a los mercados que, sin embargo, los días de feria se visten de domingo para la clase media y alta. El conjunto de la sociedad estaría contenta con golpes de timón por parte del mando municipal.

Se nos ha hecho costumbre entender el “obrismo” de cemento como el único progreso posible. Puentes por aquí, pasos a desnivel por allá. Casi todo el progreso está referido al automóvil. Excepcionalmente, una alcaldía contrata personal de salud y profesores. Esto último es una rareza. Como es posible advertir que los alcaldes trabajan así buscando mayor prestigio político, las OTB, distritos y organizaciones vecinales debería promover el desarrollo equilibrado: material y humano. Más aún: integral. Guarderías y prekinders en mercados (incluso kinders si al alcalde todavía le alcanza el corazón); ferias itinerantes por los mercados bajo su absoluto auspicio; si me alientan, arborización de calles y avenidas, de cerros; construcción de parques temáticos; ciclo vías imaginativas, por distritos y no siempre por el centro de la ciudad (los cascos históricos son estrechos y deberían, de una buena vez, peatonalizarse). Es decir: desarrollo armónico, humano, siempre por delante, y material. Si se gasta un millón en puentes, pues gastemos un millón, de manera directa, en nuestra gente.

Debemos enriquecer la vida de los mercados populares en su máxima potencia. ¿Tenemos idea de todo lo que sucede con los comerciantes? Por supuesto que no, y aún así quisiéramos ponerles vallas para impedir que se “paseen” por plazas y calles del centro y por nuestras mejores avenidas. El comerciantado de base vive al día: unos en el puesto y otros ambulando sin saber dónde dejar a las wawas. El Estado no puede, ni podrá, darles trabajo estable, entonces esta masa humana se inventa la vida a diario. Hasta ahora, las alcaldías apenas implementan servicios higiénicos, agua y electricidad; una mano de pintura y fumigaciones cuando saltan las ratas o el Covid. Es urgente que todos sepan que hace falta más: cuidemos y eduquemos a sus pequeños; ayudemos a crear un efecto multiplicador de su economía y la de otros trabajadores con la firme convicción de que sólo así habrá movilidad social. Nuestra realidad está muy quieta por falta de imaginación y audacia en los conductores políticos. Los mercados lo señalan, diría, cada día.

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