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El sábado 5 de septiembre el Sedes Santa Cruz informaba que el número de muertes por Covid-19 hasta esa fecha alcanzaban a 1.934 personas. 

Un día después, el domingo 6, la misma institución decía que los fallecidos por el virus eran 3.527, es decir 1.593 muertos más de un día para el otro; de un sábado para un domingo el número de muertes casi iguala a la de los decesos en seis meses.

Sobre el tema, la respuesta oficial del director del Servicio Departamental de Salud, Marcelo Ríos, fue que se trató de una ‘actualización’ de la base de datos tras un problema en el flujo de la información.

Sin embargo, la explicación no parece suficiente porque no se está hablando de una actualización de unos pocos casos, lo cual sería natural y comprensible dadas las dificultades para concentrar datos de un departamento tan populoso y grande como Santa Cruz, sino de una diferencia de 1.593 muertes, que seguramente se han ido produciendo a lo largo de los seis meses de la pandemia.

De ser así, la pregunta que surge es: ¿Se tenía que esperar seis meses para registrar el número real de decesos? ¿Por qué no pudo hacerse en periodos más cortos, esto es cada semana o cada mes? No es fácil de aceptar que 1.593 muertes no hubieran sido reportadas. Es un número demasiado grande para pasar y entender con una simple explicación de la autoridad de salud del departamento.

A raíz de esa llamativa omisión, el Gobierno nacional ha pedido a las autoridades de Salud de Santa Cruz un informe técnico y respaldo que aclare la información porque con la repentina variación la tasa de letalidad habría subido de 4,5 por ciento a 8,6 por ciento, es decir casi el doble.

En una carta en la que pide explicaciones, el jefe de Epidemiología del Ministerio de Salud, Virgilio Prieto, expresa su extrañeza porque en la fase actual las medidas epidemiológicas deberían mitigar la mortalidad por Covid-19, pero en Santa Cruz estaría ocurriendo todo lo contrario.

Observa también que la información de las 1.593 muertes reportadas de un día para otro pone en cuestionamiento ante la opinión pública e instituciones nacionales e internacionales la credibilidad del sistema de vigilancia epidemiológica del país.

En realidad, la información estadística de los casos de contagios y muertes por Covid-19 no fue todo lo confiable que se esperaría en esta emergencia sanitaria, donde lo que se cuentan no son objetos, sino personas, vidas humanas, y no sólo en Santa Cruz sino en todo el país.

Las razones son varias, y van desde la omisión de los casos diagnosticados fuera de los centros de salud pública hasta el escaso número de pruebas de diagnóstico, un asunto en el que autoridades departamentales y nacionales definitivamente nunca pusieron atención y prefirieron pasar de largo antes las múltiples quejas que demandaban un esfuerzo adicional para detectar casos de manera temprana por la vía de los tests.

Pero la ‘actualización’ de 1.593 muertes de un día para el otro se ha convertido en el dato más llamativo en seis meses de pandemia en Bolivia, y las autoridades están llamadas a aclarar esto que si fuera otra materia podría calificarse de misterio, pero no lo es: en cuestiones médicas y científicas que comprometen la vida de tal cantidad de ciudadanos no puede haber misterio, sino explicaciones transparentes, oportunas y convincentes.