10 de junio de 2020, 3:00 AM
10 de junio de 2020, 3:00 AM

La ministra de Salud, María Eidy Roca, calculó que Bolivia tendrá unas 100.000 personas contagiadas por Covid-19 hasta fines del mes de julio. La cifra, dijo, podría ser mayor o menor, dependiendo de la responsabilidad de las personas y de las medidas que se tome a nivel local y departamental. 

A ese dato, el jefe nacional de epidemiología complementó con un anuncio estremecedor: cuando el país llegue a los 100.000 casos, los muertos serán entre 4.000 y 7.000 y no alcanzarán los servicios de salud, ni las funerarias, ni los cementerios para las víctimas.

Las cifras de las autoridades de salud son alarmantes, pero podrían considerarse estimaciones optimistas si se toma en cuenta que el gobierno solo incluye en sus estadísticas a los contagios registrados en el sistema público de salud. Las personas que acuden a pruebas de Covid y tratamientos en clínicas privadas no entran en la contabilidad nocturna del gobierno.

En estos números tampoco están incluidos los infectados y muertos de poblaciones donde prácticamente ya se ha perdido el control, como el caso de Guayaramerín y en cierta medida también Trinidad y otras poblaciones desde donde se informa de altos porcentajes de infección y entierros de fallecidos en bolsas plásticas y en fosas comunes.

El colapso del que se hablaba al comienzo de la pandemia ya está aquí: los hospitales no tienen capacidad para recibir más enfermos y los equipamientos son insuficientes: el país dejó correr tres meses valiosos para equipar los centros de salud y no lo hizo; pudo más la corrupción de funcionarios que antes de cumplir su tarea prefirieron robarle a un Estado pobre e indefenso. Y ahora comprar equipos toma más tiempo, lo que favorece a la expansión del virus. 

Ya no basta con culpar a los 14 años del gobierno de Evo Morales, que pese a la bonanza económica no hizo prácticamente nada por la salud del pueblo porque también pudo más su egolatría, el derroche, el culto a la personalidad, los gastos insulsos, el despilfarro regalando incluso dineros a otros países de su órbita de aliados socialistas y el robo de los recursos del pueblo. 

Bolivia está pagando también las consecuencias de no haber aplicado una mayor cantidad de pruebas. Por alguna razón desconocida, el gobierno actual se empeñó insistentemente en no tomar más pruebas con el argumento de que no había kits disponibles para la compra en el exterior, pero los números de países demostraron lo contrario.

Siempre se dijo que una temprana detección del contagio permite al afectado entrar en un oportuno aislamiento para no contagiar a su entorno y también para comenzar un tempranero tratamiento. Sin suficientes pruebas, esto no fue posible.

El sistema de salud del país ha colapsado, pero en la esfera política y gubernamental se observan más preocupaciones por la toma o la conservación del poder; el personalismo proselitista y la búsqueda de popularidad son parte de la nueva conducta de la presidenta, tan preocupantes como el ambivalente proceder de poner y sacar autoridades, decretar y retirar medidas, como quien mueve las fichas en un ágil juego de mesa. 

Para muestra un botón; para ejemplo, el destituido viceministro Franz Choque y sus vergonzosas expresiones para capitalizar en votos los bonos y planes de empleo del gobierno de Jeanine Áñez, palabras que a uno le dejan con la duda de si reír, llorar o golpearse la cabeza contra la pared preguntándose “¿Qué hemos hecho para merecer esto?”.

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