Escucha esta nota aquí

La amenaza del presidente de Rusia, Vladimir Putin, de ocupar militarmente Ucrania tiene que ver con su convicción de que esa tierra es un área de seguridad rusa, por lo que no puede aceptar que EEUU y Europa tengan presencia en ese país y, mucho menos, que ingrese a la OTAN.

Hasta ahora, asistimos a un duro intercambio de amenazas, acompañado de movilizaciones militares, pero también de anuncios sobre la predisposición a aceptar que funcionen los canales diplomáticos de negociación. En ese peligroso estado de situación, hay una generalizada percepción en los analistas internacionales de que se podría evitar una confrontación, tanto porque Rusia aún no ha recuperado el poder militar y económico que le permita concretar y mantener una intervención militar en Ucrania, cuanto Europa, que necesita por diversas razones, especialmente económicas, mantener una relación fluida con Rusia y, hay que anotar, la convicción de que sumar a la actual crisis económica y sanitaria una guerra tendría consecuencias impredecibles.

Se trata de un tema que tendrá repercusiones a largo plazo porque, además, es parte de los profundos cambios que el mundo vive a partir de la revolución tecnológica, la globalización y la emergencia de nuevas demandas y visiones. Dada esa complejidad es que, a continuación, reproduzco partes de un último análisis de Fernando Mires sobre este conflicto que muestra las muchas aristas que tiene, una de las cuales es el papel del principal actor de este drama: Vladimir Putin.

De acuerdo al analista, el mandatario ruso “ha creado un sistema de alianzas (…) basado en el principio de adhesiones al mito nacionalista. Así se explica que Putin pueda contraer relaciones amistosas con todas las fuerzas nacionalistas europeas que estén en contra de la UE, sean estas de ultraderecha o de ultraizquierda (…) Siguiendo esa doctrina ha logrado crear (…) un sui generis ‘internacionalismo de los nacionalistas’”.

Además, “ha entendido que nacionalismo y democracia son dos términos que se excluyen entre sí, no ha vacilado en levantar un abierto discurso antidemocrático (…) ha declarado una guerra abierta a la democracia en todas sus formas. Para el autócrata, la democracia, sobre todo la llamada liberal, ha sido superada por la historia. Como sucesoras, emergerán la autocracias nacionales y nacionalistas, basadas en una relación unitaria entre pueblo y caudillo. En ese punto Putin está evidentemente más cerca de los antiguos fascistas que de los comunistas que lo precedieron”.

En esa ruta, “ha sabido radicalizar (…) un antiliberalismo (político, no económico) abierto y declarado. Así se explica que haya logrado establecer relaciones de empatía política con dictaduras nacionalistas y antidemócratas como las de la Siria de al- Hassad, con las autocracias polacas y húngaras, con la Turquía de Erdogan, con ese trío antidemocrático latinoamericano formado por Díaz-Canel, Maduro y Ortega, y en los propios EE UU, con el movimiento trumpista”.

Finalmente, Mires sostiene que “no entender las características de la nueva amenaza imperial representada por Putin explica en gran parte la incapacidad de los gobiernos europeos para enfrentar los peligros que se ciernen sobre el continente. Para la mayoría de ellos, usando las reglas diplomáticas, será siempre posible concordar en puntos decisivos con Putin y así evitar una conflagración militar. Yerran. Lo que no logran entender es que Putin actúa no de acuerdo a reglas sino a correlaciones políticas y militares. Si observa indecisión, dispersión y debilidades en el campo contrario, continuará avanzando. A nadie le quepa la menor duda: Putin llegará tan lejos como lo dejen llegar”.

Por eso, para “enfrentar a un imperio como el de Putin se requiere entender su racionalidad (…). Frente a Putin solo cabe mostrar fuerza y decisión. Solo así será posible evitar una guerra continental y tal vez mundial. El pacifismo mal entendido de los gobiernos europeos abrió el camino a Hitler, no hay que olvidarlo. A la inversa, solo el día cuando el presidente Truman, a instancias de Churchill, dijo a Stalin, ‘ni un paso más’, el dictador ruso entendió. Hay que decirlo y repetirlo: la expansión del imperio ruso no terminará en Ucrania. Todo lo contrario: está comenzando en Ucrania”, concluye.

Así se están jugando las fichas en un lugar del planeta que está geográficamente muy lejos de nuestra región. Pero, pese a la distancia, la forma en que allí se resuelva el drama repercutirá rápidamente en estos lares.

Comentarios