10 de febrero de 2022, 4:00 AM
10 de febrero de 2022, 4:00 AM


Alguien ha hecho que sus perros dóberman huelan los pantalones de algunos narcotraficantes presos y de otros que cayeron acribillados por ajustes de cuentas en San Matías y diferentes lugares del país. Con ese olor impregnado en sus hocicos, los dóberman están agresivos, con los colmillos pelados, agazapados sigilosamente entre la maleza, aproximándose donde su olfato infalible los lleva: están todos gruñendo, con su mirada fija en Chapare.

Es en Chapare donde está la mata de la cocaína y lo sabe Bolivia y el mundo entero, desde hace décadas. Sabe que más del 95% de su producción de coca no transita por el mercado legal y eso lo dice todo. ¿Dónde van las miles y miles de toneladas de esa hoja “sagrada”? Ya se realizaron programas de erradicación, hubo ayuda internacional, se aprobó la Ley 1008, todo en vano ante el enriquecimiento y el poder que produce la droga.

Solo el presidente Banzer se atrevió a anunciar el fin de la coca ilegal con resultados contundentes que redujeron drásticamente los cultivos que estaban destinados al narcotráfico, es decir las plantaciones de Chapare. Pero, claro, lo odiaron. Se le acusó de violar los derechos humanos, como si no fuera una violación a los derechos humanos enviciar a la humanidad con pichicata, matar y herir soldados con “cazabobos” y bloquear las carreteras del país. ¡Querían combatir a los cocaleros con leyes y sin interdicción! Muerto Banzer, la coca volvió a subir como la espuma. Con Evo Morales en el poder, nada menos que el presidente de las seis federaciones de productores de la hoja en el trópico cochabambino, saltó por los aires la Ley 1008, llegó la tolerancia absoluta y ahora se menciona la existencia de más de 40 mil hectáreas de coca ilegal, principalmente en Chapare.

A nadie convence este Gobierno ni tampoco convenció Evo Morales al decir que la erradicación de cultivos era exitosa. No es exitoso erradicar 10 hectáreas y tolerar la siembra de 20. Eso es, más bien, tramposo. Pero es muy difícil tomarles el pelo a los dueños de los dóberman, que se las saben todas, y que conocen a los cocaleros bolivianos como a la palma de su mano, con todas sus mentiras y farsas. Lo que sucede es que los amos de los perros pardos actúan con calma, paso a paso, desenredando la madeja hasta llegar donde está el meollo. Entonces los capturan y se los llevan a Estados Unidos para que canten. Y parece que ya están cerca de que todo se descubra. Hasta una recompensa en millones de dólares han ofrecido para que se pueda cerrar el círculo en torno a algunos de los pringados directores de la Felcn que designó el expresidente Evo Morales. No la señora Áñez, como anunció el ministro de Gobierno, para perjudicarla una vez más.

Curiosamente han aparecido autoridades nacionales –nada menos que el presidente del Senado, entre otros– que se han alarmado ante el término de “extradición”, que ha salido a luz a raíz de la detención del coronel Dávila. Ha dicho el senador que Bolivia es una nación soberana y que tiene sus propias leyes para juzgar. ¿Divertido no? ¿No es gracioso el legislador? Eso del pánico a la extradición nos lleva la memoria a la Colombia de Escobar. Los narcos colombianos preferían morir a bala en las calles de Bogotá o Medellín antes de ser extraditados a USA. Los narcos hasta negociaban con el Gobierno colombiano, jurando convertirse en unos monjes, antes que ser embarcados en un Hércules rumbo al norte, donde les esperaba el overol naranja y salir ancianos y arrugados del penal.

Hoy se percibe miedo a la extradición. Algunos emboscados en Chapare se sienten amenazados. Quiere decir que ya les han visto las orejas entre las plantaciones a los dóberman. Las mafias de pichicateros no pueden ser eternas, más todavía cuando se asocian con maleantes brasileños, colombianos y de otras latitudes. Los narcos que fabricaban con dificultad la cocaína artesanal hace algunos años, hoy tienen capacidad para fabricar, en pocas horas, toneladas de estupefacientes de la mejor calidad. Ese ha sido el avance tecnológico más destacado en la Bolivia de los últimos años.

Ahora, cuando los canes bravos lo están oliendo todo, cuando se ofrecen millones de dólares para atrapar mafiosos cocaleros, vamos a presenciar denuncias y puñaladas arteras entre bandas y probablemente seremos testigos de estampidas de sujetos que estaban bien camuflados y que ya no se sienten tan seguros.

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