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16 de enero de 2024, 3:00 AM
16 de enero de 2024, 3:00 AM

Jorge Richter Ramírez

Ultrafalso. Seísmo. Polarización. Macroincendio. Humanitario. Guerra. Fentanilo. Fediverso. FANI. Euríbor. Ecosilencio. Amnistía. Cada año, la Fundación del Español Urgente (FundéuRAE) selecciona una docena de palabras que son abordadas por la Real Academia Española y la Agencia EFE: son vocablos repetidos con frecuencia, utilizados asiduamente por los medios de comunicación y que marcan en su uso el sentido de los debates de la sociedad y de los hispanohablantes. 

En 2022, la palabra que saturó los argumentos, las referencias, los esclarecimientos y las ilustraciones fue una que continúa marcando la agenda de interpretaciones y estudios: Inteligencia Artificial (IA). Hoy el término elegido, la expresión del año entre las doce candidatas, es polarización. Pero no es solo un vocablo de referencia singular, sino que se distingue por la evolución de su significante. 

En sociedades divididas y separadas en antagonismos de apariencia irreconciliable, polarización no resulta una nominación extraña y menos aún inesperada. Hoy, no solo expresa dos opiniones, dos polos respecto de una temática o visiones ideológicas contrapuestas o incluso que confrontan con cierta animosidad. El significante de polarización ha progresado para caracterizar formas estructurales del funcionamiento societal, estructuras y lógicas de poder político y económico. Los intereses que colisionan en lo interno de una sociedad reflejan avideces de poder y pulsión política, resistencias y ofensivas de las subjetividades confrontadas; marcan y definen los “ellos” y los “nosotros”; señalan la polarización política, social, económica y cultural.

¿El fenómeno de polarización societal es nuevo? No, hay décadas de abono en su construcción. Es la consecuencia acumulada de procesos de desigualdades estructurales, exclusiones sociales, culturales y políticas, de marginalidades, de privilegios y de condenas societales determinadas por el colorismo de la piel. La reaparición de las derechas libertarias, convencidas de la no importancia de los consensos, la inclusión social y el diálogo, vienen normalizando de forma constante y dramática la convivencia violenta y el desprecio por el otro. Los espacios intermedios, las zonas resolutivas de las asimetrías sociales también son extinguidas o cuanto menos despreciadas. La lógica de ultraradicalidades y extremismos   cede su paso, de ser una desviación democrática para instalarse como una metodología política frecuente, una conducta que en el ultraje ya no reprimido y ahora exacerbado busca ganar adeptos y votos también.

Durante los últimos años, la Ciencia Política junto a otras disciplinas han fundado innumerables construcciones categoriales, explicativas de los hechos sociales y políticos y de las nuevas formas de polarización y polaridad que se van asentando en nuestra sociedad.  Tradicionalmente hemos estudiado y utilizado las referencias a polarización política (actitudes y conductas hacia personas y/o partidos políticos) e ideológica (extremismos de no aceptación en el arco de izquierdas y derechas). Sin embargo, hoy las sociedades y los actores políticos ampliaron los márgenes de polarización, trascendiendo a los partidos políticos, las élites dominantes, las militancias o la simpatía política hasta dar lugar a aquello que se denomina “polarización afectiva”: en ella se incorporan distancias sociales, intolerancias, hostilidades, odio, discriminación, exclusiones, racialidad y una emocionalidad negativa exasperada hacia el otro.

Este 2024 ya está signado, en sus primeros días, por una fuerte polaridad afectiva. No se repara en la necesitada institucionalidad del Estado, en la comprensión de los urgentes acuerdos y consensos políticos, en la gobernabilidad necesaria (la legislativa y la de las calles) o en el establecimiento de un nuevo pacto social. Todo se acciona bajo intereses personales y esos intereses van coreando el desprecio hacia el otro. El péndulo muestra en cada oscilación hacia el extremo una intransigencia mayor.

Carl Schmitt sostuvo que “la esfera de lo político se determina en última instancia por la posibilidad real de que exista un enemigo”. Esto dialécticamente nos muestra que los colectivos sociales, en su alta complejidad, están determinados por las relaciones amigo/enemigo y su constante intento de eliminación mutua. Todo ello conduce por lo tanto, a poco más o menos que una resignada convivencia con el conflicto, siempre latente y siempre presente.

En tiempos tecnológicos que favorecen la polarización afectiva, Norma Morandini, premio Pluma de Honor de la Academia Nacional de Periodistas de Argentina piensa con irónica sinceridad: “Las redes sociales que democratizaron la expresión, al ser utilizadas por los gobernantes, como si fueran ciudadanos de a pie, han distorsionado el debate público. Se habla de los malos, no de los males. La cultura de la imagen y el aparecer le dan la razón al poeta portugués, Fernando Pessoa, quien decía: «el que inventó el espejo envenenó el alma». La obsesión por el mostrarse llevó al paroxismo. Todo está a la muestra, si hasta dan ganas de pedir un poquito de hipocresía. Al final las formas y la civilidad son el corsé que nos ponemos encima para no descarriarnos en tiempos de locura. Lo cierto es que la polarización, grieta o brecha, desnuda nuestro fracaso democrático, ya que lo relevante es el respeto que nos debemos y no que pensemos de manera diferente”. La democracia está dejando de ser una fiesta de esperanza colectiva y se ha convertido en la arena del Coliseo romano, allí donde unos y otros se despedazan para intentar sobrevivir.

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