13 de febrero de 2023, 4:00 AM
13 de febrero de 2023, 4:00 AM


A propósito de lo que se ha venido comentando en los medios de prensa esta última semana sobre el informe de Transparencia Internacional 2022 referente a los índices de percepción de la corrupción en más de 180 países, es destacable que el problema se reconozca como un mal endémico en todas las esferas de los gobiernos, nacional, departamentales y municipales, admitiendo también que éste es un conflicto no solo del Estado, sino de la sociedad en su conjunto, al igual que en la mayoría de los países en desarrollo.

Según la publicación en el portal de la ONG, “el índice clasifica 180 países y territorios de todo el mundo según sus niveles percibidos de corrupción en el sector público, con una puntuación en una escala de 0 (muy corrupto) a 100 (muy limpio). El promedio mundial se mantiene sin cambios durante más de una década en solo 43 puntos.

Más de dos tercios de los países obtienen puntajes por debajo de 50 puntos, mientras que 26 países han caído a sus puntajes más bajos hasta el momento. A pesar de los esfuerzos concertados y los logros obtenidos, 155 países no han logrado avances significativos, o han disminuido”.

Asimismo, la organización señala que la corrupción socava la capacidad de los gobiernos para proteger a las personas y erosiona la confianza pública, haciendo más difíciles de controlar las amenazas a la seguridad ciudadana. Por otro lado, los conflictos sociales crean oportunidades para la corrupción y debilitan los esfuerzos de los gobiernos para detenerla. Inclusive los países con puntajes altos de corrupción juegan un papel importante en las amenazas que este mal representa para la seguridad global, como el caso de la corrupción rusa y la invasión a Ucrania. Los países con más corrupción durante décadas, han recibido dinero sucio, lo que les ha permitido a los cleptócratas gobernantes aumentar su riqueza, poder y ambiciones geopolíticas destructivas.

Bolivia por supuesto que no es la excepción, en los últimos 20 años nuestro índice de percepción se ha mantenido entre los 30-35/100, siendo nuestro mejor año en 2014 cuando alcanzamos los 35 puntos y el año más corrupto fue el 2018 cuando nos calificaron con 29 puntos. El 2022 nuestro puntaje fue de 31 puntos y ocupamos el puesto N° 126 entre 180 países evaluados, ubicándonos junto con México entre los siete países más corruptos de América Latina y el Caribe después de Venezuela, Haití, Nicaragua, Honduras y Paraguay.

La corrupción es el peor cáncer de las economías y sus sociedades, sin embargo es un mal presente en la historia de la humanidad desde las primeras grandes civilizaciones hasta la modernidad, está en el lado oscuro de la misma naturaleza humana, es la consecuencia de la búsqueda de riqueza, poder y placer sin importar el cómo, en una constante degradación de valores sin códigos de ética, llegando hasta la criminalidad en su grado extremo, donde el valor de la vida humana es nada, siendo éste el don más preciado dado por el Creador.

El problema sin embargo no es la corrupción per sé, sino la impunidad de la que gozan los corruptos. Si consideramos que el mal lo sufren no solo las entidades públicas, sino, muchas entidades de naturaleza privada, como el caso de la FIFA en el bullado Fifa-Gate, o el mismo caso del Comité Olímpico, ambos organismos salpicados con sendos casos de corrupción a través de sobornos para el favorecimiento en la designación de sedes de sus eventos o en la contratación de sponsors y derechos de transmisión. De igual manera se ventilan a diario casos de corrupción financiera y bursátil en los principales mercados accionarios y cambiarios. Estos grandes males solo son posible combatir con grandes reformas en los sistemas judiciales y acusatorios, desvinculándolos totalmente del poder político y económico, al mismo tiempo que se los somete no solo al control jurisdiccional, sino al control ciudadano.

Otro factor impulsor de la corrupción es la permisividad de nuestra sociedad, que en muchos casos privilegia la ostentación más allá de lo razonable como admisible. Nos hemos convertido en una sociedad que permite, tolera y hasta alienta la consecución de bienes y servicios sin preguntarnos sobre la legalidad de su fuente, nos hemos convertido en cónyuges que comparten con sus parejas el fruto de la corrupción e hijos que presumen papás corruptos. En cierta forma nos hemos convertido en cómplices de la corrupción cuando usufructuamos de las mieles que comparten en sus mesas los corruptos y delincuentes.

La corrupción no se combate solo con leyes y decretos que deben hacer cumplir los organismos ya infiltrados por los mismos corruptos, la única forma de combatirla es purgando y reformando la justicia desde sus bases al igual que el sistema acusatorio y de defensa pública. En paralelo se deben encarar campañas de comunicación educativas de lucha contra la corrupción en el que las empresas, la sociedad y el consumidor denuncien actos de corrupción, con el beneficio de parte del dinero recuperado de los corruptos o en los casos de adjudicación de compra de bienes y servicios se privilegie empresas con certificación de transparencia y lucha contra la corrupción, con certificaciones como el OEA (Operadores Certificados), ISO31000 (gestión de riesgos) o ISO 37001 (Compliance).

La corrupción convive con nosotros, está en nosotros no tolerarla ni fomentarla, debemos alzar nuestra voz para que no sean los corruptos los que determinen el destino de la mayoría ciudadana honesta e íntegra.

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